No sé si solo sea mi muy personal percepción del mundo, o bien sea que en realidad ese mundo se ha convertido en algo así como un manicomio, en el que sin mayor reflexión, cada quien cree, piensa y se comporta como le da la gana, sin más restricción que aquello que tanto su consciencia como su conciencia, le permiten captar e intuir, si es que con fortuna se tienen viables ambos procesos psíquicos, que si bien funcionan de manera muy estrecha y son términos homófonos que como tales suenan igual, significan dos fenómenos mentales distintos.
Dos palabras fonéticamente iguales qué, en el maravilloso y cuasi mágico mundo del lenguaje, la sola presencia de la letra “s”, modifica no sólo su significado, sino también la profundidad y el valor que como concepto cada una posee.
Consciencia, entendida como un acto cabal de conocimiento o “darse cuenta de”;
Y conciencia, como el acto de valoración ética que nos permite tamizar “el bien y el mal”, tanto en el comportamiento moral propio como en el ajeno.
Dos discursos mentales que, como tantas otras funciones intelectuales, al fin de cuentas determinan la manera en como percibimos nuestra calidad de vida, orgánicamente mediante la combinación funcional de los hemisferios cerebrales y su comunicación a través del cuerpo calloso, que nos permiten identificarnos y valorarnos con los otros miembros del grupo social en que nos toca vivir.
Desarrollar la conciencia plena de lo que está bien y lo que está mal y ser conscientes de que nos damos cuenta de ello, es quizá el primer paso para moderar esa actitud relativista de vivir sin reflexionar en el papel que nos toca jugar y la responsabilidad que tenemos en la comunidad en la que vivimos.
“Cogito ergo sum”, (Pienso luego existo) planteaba Rene Descartes, como un principio de reflexión que le brindaba la certeza de su propia existencia y su cumplimiento con su condición de ser racional y pensante, a la vez que el percatarse de ello, lo hacía consciente de su razón de ser y de existir.
Un principio que da sentido a la vida y es cada día más necesario en el manicomio que nos tocó vivir.