De chivos, falacias y verdades

  • Desde mi rincón
  • Luis Augusto Montfort García

Laguna /

“La Verdad” es como un pez muy resbaloso al que todos queremos pescar, pero no estamos dispuestos a esforzarnos para lograrlo, sobre todo cuando esa Verdad puede alterar nuestra zona de confort. 

Y no me refiero a las grandes verdades filosóficas sobre: 

Dios, la vida, la muerte, la bondad, etc. sino a las “pequeñas verdades” que afectan para bien o para mal nuestra calidad de vida.

Para descubrir la Verdad, sólo contamos con nuestro raciocinio y para organizarlo, inventamos la Lógica, voz que viene de “logos”, que en griego significa: palabra, razón, pensamiento o argumento. 

Y es precisamente el método lógico el que nos da una herramienta para utilizar esos cuatro elementos en forma lineal y llegar a conclusiones y conocimientos verdaderos, sin extraviarnos en ese laberinto de puertas falsas, confusiones o divagaciones de la mente, que fácilmente cae en errores de razonamiento que nos pueden llevar a conclusiones falsas, sobre todo cuando evitamos enfrentar la verdad o lo que es peor aún, cuando de mala fe queremos engañar a otros con argumentos falsos, que utilizamos para manipular o convencer de algo que conviene a nuestros intereses pero que no es verdadero.

A estas distorsiones accidentales o intencionales del razonamiento que parecen válidas pero no los son, les llamaron “falacias” y ya en 300 a de C. Aristóteles las identificaba y bautizaba con nombres como: 

“El falso dilema” que presenta dos opciones como únicas cuando en realidad hay varias más; “La petición de principio” que de una suposición no probada, concluye una supuestamente verdadera (siempre soy honesto, por lo tanto nunca miento); “Del espantapájaros”, que caricaturiza los argumentos del oponente, tergiversando, exagerando o cambiando el significado de sus palabras; o “La falacia de la conclusión irrelevante”, que presenta un argumento que puede ser válido, pero concluye una propuesta diferente a la que debería probar o concluir.

A esta última falacia suele añadírsele la figura del “chivo expiatorio”, que aunque no tiene nada que ver con los griegos, nos sirve para evadir responsabilidades.

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