En el esplendor de la estupidez

  • Desde mi rincón
  • Luis Augusto Montfort García

Laguna /

Aunque quizás para algunos el título de estas líneas resulte contradictorio, tal vez el uso del oxímoron sea lo más adecuado para significar la dimensión de la torpeza y falta de inteligencia de los seres humanos, cuando como en los días que vivimos, se intenta resolver por medios violentos las diferencias entre unos y otros.

Como desde aquí podrá preverse, me refiero a la inclinación natural del ser humano a la destrucción, la violencia y la guerra, inclinación que el filósofo político inglés Thomas Hobbes, denominaba como “el estado de naturaleza”, condición inherente a nuestra esencia previo a la existencia de alguna forma de gobierno, de leyes o de reglas de la sociedad civil. 

Lo que en resumen se traduce en que sin estos últimos, la vida es "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta" y se rige por la desconfianza, el egoísmo y la guerra "de todos contra todos".

De este hipotético estado caótico de vida, se desprende la incuestionable necesidad de la existencia de un pacto social que permita la sobrevivencia y facilite la civilidad y el desarrollo, todo ello mediante el uso de las mismas dotes intelectuales propias de nuestra especie, que nos han permitido el grado de desarrollo en el que hoy vivimos y del que disfrutamos.

Pero parece que el regalo de poseer una inteligencia superior, traía también la pócima de la soberbia, la envidia, el egoísmo y otras malas yerbas que nos hacen creer que la nuestra es la única verdad y la única fórmula de gobierno es la propia.

Así, fácilmente y con harta frecuencia, personas regiones o países entramos en conflicto y el retroceso al estado de guerra y “de naturaleza” no se hace esperar, con consecuencias negativas para todos, pues al parecer carecemos de la capacidad de recordar y aprender de las malas experiencias antes vividas. 

Por si esto no fuera suficiente, la estupidez se complica cuando se involucran creencias religiosas que en pleno siglo XXI, nos hacen creer ser los únicos y legítimos herederos de esta pequeñísima canica cósmica llamada Tierra, situada en un remoto e ignorado rincón del universo.

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