Filosofía y Literatura, es un binomio cultural inseparable y exclusivo del quehacer humano, que a través de los siglos se ha acumulado como un invaluable acerbo de sabiduría, de quienes al explorar sus experiencias de vida, mediante el lenguaje nos han legado observaciones, reflexiones y conclusiones, que por su validez universal e intemporal, en cualquier época y geografía nos sirven para hacer menos escabroso nuestro tránsito por este mundo, en ese lapso que llamamos vida.
Quizá una de las figuras filosófico-literarias que mejor conjugó ambas habilidades, fue León Tolstói (1828-1910), cuya experiencia de vida lo llevó a crear grandes novelas de contenido profundo consideradas como exponentes de la literatura universal:
“Guerra y Paz” y “Ana Karénina”, donde Tolstói: desmitifica la heroicidad de la guerra, señala la hipocresía social, la desigualdad, la fragilidad matrimonial y sobre todo la búsqueda del sentido de la vida.
Siendo este último tema el que aborda en su obra: “Mi Confesión”, donde Tolstói utiliza una antigua fábula oriental: “Un viajero en un bosque, es atacado por un feroz animal y al huir cae en un pozo, en cuyo fondo mora un hambriento dragón.
El viajero logra aferrarse a una rama pero mientras piensa en cómo salir, ve cómo un par de ratones están royendo la rama, por lo que comprende entonces que con toda certeza tarde o temprano morirá, pero en este punto se percata de que de las hojas de la rama fluyen unas gotas de miel, con lo que empieza a saborearlas y al cabo decide que su mejor opción es disfrutarlas mientras llega el inevitable fin”.
Esta narración coincide con el momento en que la vida de Tolstói pasa por esa difícil pregunta que todos nos hacemos en cierto momento:
¿Para qué seguir, si al final moriremos?, cuya única respuesta está en quien lee ahora estas líneas.
A sus 5 años de edad, su hermano mayor Nikolái le contó que había una “varita verde”, que acabaría con todas las guerras y hermanaría a todos los hombres.
Aunque ya adulto Tolstói no lo creía, pidió ser enterrado ahí en donde de niño, él creía que estaba la varita verde.