Tal vez sea porque en el fondo, de alguna manera los humanos nos sabemos tan animales como cualquier otro mamífero, es que desde siempre hemos analizado sus comportamientos y reacciones en relación con nuestras propias conductas y actitudes.
Esta curiosidad etológica de conocer y entender la vida de otras especies se revela, desde las pinturas en las cuevas de Lascaux, de la que se dice es “La Capilla Sixtina del arte prehistórico”, hasta las modernas caricaturas que usan todo tipo de animales como personajes, pasando por la literatura de Esopo y otros fabulistas que a través de sus animales parlantes comunican, no sólo un mensaje o moraleja valiosa, sino también la supuesta “personalidad” de los protagonistas.
A resultas de que hace poco escuché decir que, por su reconocido talante independiente, los gatos caseros no son realmente animales domésticos, fue que me hizo preguntarme si en verdad alguno de los seres que convivimos en este planeta lo somos, o si esa supuesta domesticación más bien obedezca a una necesidad de convivencia (¿sociales por naturaleza?) o más aún, de “conveniencia” (¿sociales por necesidad?).
Irremediablemente vinieron a mi mente las ideas freudianas expresadas por el famoso psiquiatra austriaco en su ensayo:
“El Malestar en la Cultura”, en el que sostiene que dicho malestar en los seres humanos proviene de la represión de nuestras “pulsiones” (impulsos primarios entre lo físico y lo mental) a través de la educación y la paulatina adaptación a las reglas sociales, lo que en mi interpretación no es sino una forma de domesticación a la que terminamos adaptándonos “por convivencia y por conveniencia”.
La idea en principio puede sonar incómoda, sobre todo para quien por el motivo que sea, tenga su autopercepción rayana en la santidad o la perfección, pero basta con hurgar un poco hacia dentro, para hallar ahí todo el catálogo de defectos que nos dificultan la socialización.
Pero no todo es blanco o negro, en el tema de elegir con quien conviene convivir, hay tonos de gris con los cuales logramos adaptarnos: es la similitud de los valores personales.