¿Para qué sigo aquí?

  • Desde mi rincón
  • Luis Augusto Montfort García

Laguna /

Aparejado con los innegables avances del desarrollo tecnológico sobre todo en el campo de la informática, uno de los que pudiéremos llamar “daños colaterales” que éste desarrollo ha traído consigo, es el que puede apreciarse en el deterioro por parte de los usuarios, de su capacidad de comprensión de las diferentes partes que componen un todo, dado que cada vez más, los programas se encargan de corregir y abreviar los resultados, sin necesidad de conocer y comprender las partes del proceso por el que se llegó a dichos resultados, basta con invocar las fórmulas y los resultados aparecen en centésimas de segundo, todo en aras de la automatización, la comunicación y la productividad, que hoy ponderamos como pilares del progreso en la era digital.

Ciertamente este “costo-beneficio” ha sido de mucha utilidad para lograr grandes avances, sobre todo en temas relacionados con la calidad de vida. 

Hoy vivimos más años, más saludables, más cómodos, más informados y sobre todo más comunicados, todo ello gracias a los algoritmos y fórmulas computacionales, pero los problemas empiezan cuando con esas mismas herramientas queremos resolver otras necesidades de un orden superior, que todo ser humano psicológicamente sano requiere satisfacer para vivir pleno y vivir bien.

Me refiero a esa simple pero básica necesidad existencial que a diferencia del resto de los animales nos hace buscar una razón de ser o de existir, algo que justifique nuestra presencia en el mundo, toda vez que de algún modo todos sabemos que un día vamos a morir. 

Un “¿para qué estoy aquí?”, que le da sentido a la vida más allá de nuestras necesidades materiales básicas de sobrevivencia.

Nacer, crecer, reproducirse y morir es un proceso del que hoy bien sabemos nada ni nadie puede sustraerse, un proceso formado por diferentes partes que componen un todo, conocer y comprender cada una de esas partes justo mientras las vivimos, es quizá la mejor manera de responder a esa pregunta y con suerte, a otra que llegado el momento también surge: “¿Para qué sigo aquí?”, algo que seguramente la IA no sabría contestar.

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