Una auto-atadura por decisión propia

  • Desde mi rincón
  • Luis Augusto Montfort García

Laguna /

De algún modo u otro nacemos todos con una cierta percepción de soledad, la que nos acompaña a lo largo de las diferentes etapas de la vida y determina muchas de nuestras conductas y decisiones. 

Esa sensación indefinida nos lleva luego a desear compartir y disfrutar con alguien las cosas buenas que nos suceden en esas etapas.

Así llegamos a la juventud y por ende, la hora de buscar y elegir una pareja, cosa que por lo general resulta relativamente fácil, toda vez que en dicha etapa es numeroso el grupo de posibles candidatos, grupo del que a su vez nosotros mismos formamos parte. 

Entonces conocemos a “la persona ideal” y el enamoramiento con su repertorio de clichés y su carga cómplice hormonal se encarga del resto, en tanto que nuestra capacidad de análisis y juicio crítico se anula casi por completo.

Pero como nada es para siempre y la vida se encarga de demostrárnoslo, luego de que desaparece “la magia”, no es raro que por viudez, separación, divorcio o por simple capricho en estos tiempos de libertad “a ultranza”, (ejercicio del libre albedrío sin restricciones, límites, reglas ni treguas), nos encontremos de nuevo solos en una segunda etapa, en la que dado que algunos pilares familiares ya no están presentes, la sensación de soledad tiene ahora un mayor peso.

Consideramos entonces encontrar de nuevo a alguien con quien convivir y mitigar así nuestra soledad, pero en esta segunda etapa la elección se hace más complicada, pues es menor el número de candidatos o no nos son atractivas sus condiciones de salud o financieras, aunado esto a que la antigua magia del enamoramiento ya no brota de manera tan espontanea.

Aquí sirve entender que la convivencia permanente con otra persona a diferencia de la etapa anterior, implica el uso mutuo del razonamiento inteligente, no como instrumento de manipulación, sino para entender que la convivencia de dos personas mayores, requiere acomodar dos problemáticas humanas, dos historias y dos perfiles genéticos. 

Que con inteligencia sí se puede, sobre todo si re-entendemos la libertad, como una auto-atadura por decisión propia.

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