“Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo”, dijo alguna vez allá por los años de “La Ilustración” en el siglo XVIII, el filósofo y escritor francés Francois Marie Arouet, más conocido como Voltaire, quien vivió en un siglo al que también llamaron “de las luces”, por el predominio que tomaron la ciencia y la razón por sobre los asuntos de tipo espiritual.
Esta tendencia intelectual devino en fuertes cuestionamientos a la iglesia católica y sobre todo a la legitimidad del poder de las monarquías, reflexiones que dieron lugar a la independencia de los Estados Unidos en 1775 y pocos años después a la Revolución Francesa en 1789.
Esta corriente de pensamientos pronto se asimiló en otros países y generó estallidos y levantamientos que se extendieron por toda Europa y más tarde por Latinoamérica.
La frase del pensador francés ha servido desde entonces para todo tipo de reflexiones y especulaciones, incluida ésta que sus amables ojos leen, sobre la existencia o no de Dios y la necesidad de creer en él.
Como siempre, cada quien le da la interpretación que más le acomoda de acuerdo a su propia forma de entenderlo.
Algunos incluso sostienen que Voltaire era un ferviente católico cuando en realidad era un deísta, esto es, creer que solo se puede conocer a Dios a través de la razón y la experiencia personal, en lugar de hacerlo a través de la fe, la tradición o la religión.
Por mi parte creo que la frase quizás alude a la necesidad que tenemos los humanos de creer en algo o alguien superior que vele o cuide de nosotros, ya que no creer, nos hace sentir una inquietante “orfandad” en la que están presentes dos emociones: el miedo y la esperanza.
De éstas últimas, guardadas la proporciones, se valen también los demagogos y populistas para manipular, controlar y finalmente someter a su voluntad a las sociedades.
La necesidad de creer, como todas las necesidades es una debilidad de la naturaleza humana que a veces raya en lo absurdo. Tal vez por eso Voltaire también dijo: “Dios es un comediante que actúa para una audiencia demasiado asustada para reír”.