Tengo en mis manos Tesoros de la historieta mexicana. “La historia jamás contada de los personajes más icónicos”, dedicado a Chanoc. La notable edición y curaduría es de Luis Gantús, quien efectivamente separa en dos los momentos del cómic: el que crearon Ángel Martín de Lucenay y Ángel Mora, con el “personaje Chanoc atrabancado e impetuoso”, pero “su padrino Tsekub lograba contenerlo y aconsejarlo”; y el Chanoc posterior de Pedro Zapiaín, cuando “los papeles cambian y el anciano, antes sabio, se vuelve poco a poco un generador de problemas y de inigualables momentos cómicos”. Yo leí divertido la época posterior pero lo mío fue la primera época.
Me compraban Chanoc todos los viernes y yo hacía que me lo leyeran mis hermanas y hermanos mayores, o incluso los huéspedes que vivían en la casa familiar. Me encuadernaron todos los números en un par de volúmenes gruesos y yo sin saber leer tenía bastante con la imagen de la portada para decir el título. Yo aprendí a leer, antes de ir a la escuela, para leer Chanoc; y las primeras sílabas que junté en voz alta fueron ahí. Tenía mi disfraz, fácil: camiseta roja, pantalón blanco y cuchillo de hule al cinto. Lo difícil lo resolvió mi hermana Emma que trabajaba en el Centro: ahí encontró el colmillo blanco y su cadenita para el cuello.
Ahora bien. Entre las múltiples historias que mi madre Emma y mi tía Luisa recabaron de su vida en Quintana Roo había una. Ellas contaban que Tsekub sí existió; era un polaco y fumaba pipa no de madera sino de espuma de mar. Estaba juntado con una india maya. Un hombre serio que vivía en un pueblo de pescadores llamado Xcalak. Su ahijado era un sobrino de la india maya. Rogaciana la Chiclera, con su rodillo amenazante en el cómic, era en realidad Juliana la Chiclera: su apodo por ser la reina de la cocina de los chicleros en el monte.
Tsekub es Jacobo en polaco. Punto a favor de mi madre y mi tía.
Un huésped se robó mis chanocs encuadernados. Así le haya ido a ese ‘juepubta, como dirían en Xcalak.