En 1993 el físico Alan Lightman publicó Los sueños de Einstein. Ocurre en 1905, Berna, Suiza, donde un joven científico de nombre Albert Einstein se encuentra a punto de terminar su teoría de la relatividad. Cada uno de los treinta sueños es un capítulo de la novela; todos ocurren en mundos distintos y regidos por diversas percepciones del tiempo. Uno de mis favoritos: en ese mundo el tiempo es una parvada de ruiseñores. Sólo los niños tienen la velocidad para atraparlos pero no desean detener el tiempo que para ellos se mueve con demasiada lentitud; los viejos sí desean detener el tiempo pero son muy lentos y están muy cansados como para atrapar a cualquier ruiseñor.
Ahora The Atlantic (junio/julio 2026) publica “El milagro ordinario de existir”, una invitación de Alan Lightman a sorprendernos por nuestra existencia. Para acercarnos lo increíble, Lightman pone dos asuntos en perspectiva.
1. Llamamos Vía Láctea a cien mil millones de estrellas. Un rayo a la velocidad de la luz a 186 mil millas por segundo se llevaría cien mil años en cruzarla. Para imaginar tal extensión pensemos en una hormiga en Nueva York que piensa trasladarse a San Francisco.
2. Cada mujer tiene unos 300 mil óvulos durante su período fértil. Cada eyaculación masculina tiene unos 300 millones de espermatozoides. Cada concepción contiene cien mil millones de diferentes combinaciones de DNA. En otras palabras, hay cien mil millones de únicos y diferentes seres humanos que pueden resultar de cada evento procreativo. “Sólo una de esas posibles combinaciones llevó a que leas este artículo en este momento”.
1. Este enormísimo tramo de tiempo cabe en el verso de Rubén Darío: “Y el pensar que un instante pude no haber nacido”. 2. Este interminable tramo de espacio cabe en la frase de Vladimir Nabokov: “La cuna se mece sobre un abismo y el sentido común nos dice que nuestra existencia es sólo una breve rendija de luz entre dos eternidades de oscuridad”.
En efecto: el instante y la breve rendija.