En El gran libro de los pájaros (BA51, 2024) los editores Alba G. Mora y Jorge de Cascante espolvorean entre los textos largos algunas brevedades notables como esta de Thoreau: “Una vez se posó un gorrión sobre mi hombro durante un instante mientras trabajaba en el jardín y sentí más orgullo por esta distinción que por cualquier medalla que hubieran podido colgarme”. O esta de San Juan de la Cruz: “Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente”. O, de Italo Calvino: “Para guardar sus libros, Cosimo (quien en la novela El barón rampante vive en los árboles sin bajar nunca de ellos) construyó una especie de bibliotecas colgantes, defendidas de la mejor manera posible contra la lluvia y los roedores. Pero las cambiaba continuamente de sitio, según los estudios y los gustos del momento, porque para él los libros eran como pájaros, y no quería verlos quietos o enjaulados, decía que se ponían tristes”.
Extrañé, no obstante, dos, tres golondrinas. Como a la que le digo la golondrina total, de John Ruskin: “La golondrina: es un búho que ha sido entrenado por las Gracias, es un murciélago que ama la luz del día, es el reflejo aéreo de un delfín, es la tierna domesticación de una trucha”. Y a la que creo la más breve golondrina de la literatura.
El amo de brevedades Augusto Monterroso tradujo al español las trescientas cincuentaipico palabras de que consta la autobiografía del ensayista Charles Lamb. En ella dice Lamb que de su vida pocas cosas hay que valga la pena anotar, excepto que una vez “atrapó (teste sua manu) una golondrina en pleno vuelo”. La más breve golondrina ocurre en la brevísima autobiografía de Lamb. Y sin embargo es inacabable. Al menos yo no me canso de que la mano de Lamb la atrape de nuevo al vuelo, y de nuevo, y cada vez, me cause sorpresa.