Aparece (The New Yorker, 1/6/26) The Dog’s Gaze: A Visual History. El articulista Adam Gopnik lo celebra y registra varias de las obras de arte que cruzan por él. Gopnik empieza por una mirada: la de su perrita habanesa cuando la sacrificaron.
Invento aquí el libro La mirada del perro. Una historia literaria, y ensayo una reseña. Como Gopnik, empiezo con dos miradas personales.
Yo no quise que entrara pero la más joven de la casa la trajo, inapelable. Una schnauzerita ya con nombre: Mika. Durante largo tiempo la evité, la hice a un lado y que no se presentara en mi ventanilla. Un día se puso en lo alto de la escalera cuando yo iba a subir. Ladeó la cabeza y me miró, tierna y curiosa con sus ojazos negros. Ahí quedé. Ahí dije: “Mírame como mira Mika”.
La otra mirada tiene que ver con mi madre, muchacha en Cuba. Lo fijé así: “La perra que más quise era color miel. Tenía mis ojos. La Honey vino corriendo un día en que la llamé desde la casa. Vi cómo un coche pasaba para siempre sobre las dos pero sólo a Honey le rompió el espinazo. La perra se arrastró hacia mí con lágrimas de dolor. No supe si levantar a Honey, quitar la vista de su vista o llorar más. Vino un empleado del ingenio azucarero y recogió a la Honey rota, con la nariz sangrante. Se la llevó a matar para cesarle la tortura”.
Esta historia literaria tiene tres altos momentos. Un poema donde Vicente Aleixandre le dice a su perro Sirio: “Cuando me miras, yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás, y en tu reino me mezclo,/ me salvo contigo”. Ve al último “algo como unos ojos misericordes”.
Un poema de Miguel de Unamuno acaba: “Los dioses lloran cuando muere el perro/ que les lamió las manos,/ que les miró a los ojos,/ y al mirarles así les preguntaba:/ ¿a dónde vamos?”. En otro poema se pregunta si no es acaso “mi Dios” quien lo mira “desde lo hondo del alma de Remo”. Concluye: “Cuando pone… en mis ojos sus ojos” Remo, ‘¡Dios mío, Dios mío, por qué me has dejado!’”. En efecto, la mirada de Cristo.