Pensé que era irónico y no lo es: el término “repossession” se usa ahora para recordarte que aquello que has comprado como que aún no lo has comprado ni puedes darle uso pleno.
Leo de alguien que compró una impresora con un programa para surtir cartuchos de tinta continuos por pensar que al fin se libraría de una larga historia de “impresión disfuncional”; ahora, peor, la compañía a distancia le había bloqueado todo el uso de la impresora: su tarjeta se había vencido. Se pregunta: incluso si ya pagué por ella ¿puedo decir deveras que compré la impresora si la compañía puede mover un switch y dejarla inerte? “Mi impresora me extorsiona”, dice.
Leo de alguien intrigado al enterarse: en el 2018 una compañía de tractores equipó a sus máquinas con un sistema de computadora que, se quejaban los granjeros, sólo podían repararlo y de modo lucrativo técnicos de la misma compañía.
Leo de alguien que lamenta: un servicio de video por streaming ya no permitirá compartir contraseñas si no es pagando individualmente.
Leo de alguien que informa sobre compañías automovilísticas: una de ellas patentó un sistema de control remoto por el que habrá que pagar si no quieres que la computadora integrada en tu auto empiece primero a hacer un ruido extraño cuando lo prendes; luego, se desactiva el aire acondicionado; y al final el auto se niega a encender. En el 2022 otra compañía anuncia: habrá que pagar cierta cantidad al mes para que una señal a control remoto active la calefacción. Lo puso como un beneficio para el cliente: en los meses del verano sale gratis.
Escribo de alguien que durante la pandemia usó su servicio de música para hacer de la “biblioteca” algo personal. Llevaba meses sin ir a ella. Vuelvo ahora y me encuentro con que la “biblioteca” está vacía. Fue como un embargo de mis selecciones. El hecho: ya no podré “reposeer” lo que poco a poco fui almacenando. Con este servicio “podrá ser tuya toda la música”, se decía. Ahora es obvio: toda, menos la que ya habías elegido.