Compré sin dudarlo el libro de Don Enrique de Aragón, marqués de Villena (1384-1434) sobre el mal de ojo: Tratado de fascinación o aojamiento (INDIGO, 2003). A su muerte este humanista adquirió fama de hechicero y frecuentador de las ciencias ocultas. Aparece como personaje en Juan de Mena y Juan Ruiz de Alarcón. Quevedo lo menciona con aprecio en algunos Sueños.
En la Historia de los heterodoxos españoles Don Marcelino Menéndez Pelayo dice que a De Villena se le atribuía “hacerse invisible por medio de la hierba andrómena, embermejecer el sol con la piedra heliotropia, adivinar lo futuro por medio de la chelonites, atraer la lluvia y el trueno con el vaxillo de arambre”. En la Antología de poetas líricos castellanos Don Marcelino agrega que se le atribuyó también “congelar en forma esférica el aire, valiéndose para ello de la hierba hielopia”, y que a unos discípulos les refiere un sueño alegórico “en que se le aparece Hermes Trimegisto, maestro universal de las ciencias, montado sobre un pavón, para comunicarle una pluma, una tabla con figuras geométricas, la llave de su encantado palacio y, finalmente, la arqueta de las cuatro llaves, donde se encerraba el gran misterio alquímico”.
En Generaciones y semblanzas dice Fernán Pérez de Guzmán que De Villena no se contentó con las “sciencias notables e católicas” e incurrió en las “viles artes de adivinar e interpretar sueños y estornudos y señales”. Sí: estornudos. Dice mi Enciclopedia de las supersticiones que por ejemplo si un recién nacido estornuda, es de buena suerte. Oír un estornudo a la derecha es presagio favorable, y mejor si es por la tarde. Quien estornuda cuando se está calzando debe meterse en cama para evitar enfermedad. Esto es precioso: “En Canarias, cuando el estornudo no sale es que se ha ido al cielo y para que salga otro hay que mirar al sol”.
Sólo una duda. Si adivinar por sueños es oniromancia y por lectura de manos, quiromancia; ¿adivinar por estornudos es —del latín “sternutare”— sternumancia?