Leí en Borges: “Recuerdo haber asistido hace muchos años a una representación de Macbeth; la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare se había abierto camino”.
Leo (TLS, 30/4/26): en traducción, “a Shakespeare pueden cambiársele todas las palabras y sigue siendo Shakeaspeare”. Más aún: la obra de Shakespeare puede someterse a “un transplante completo de texto” y salir intacta. Son palabras de Daniel Hahn, autor de If This Be Magic que se subtitula “el improbable arte de Shakespeare en traducción”. El libro de Hahn es una alabanza a los grandes traductores de Shakespeare; abarca cientos de ejemplos en casi 50 lenguas y ensalza el ingenio y la creatividad de todos ellos.
El penúltimo de sus 39 capítulos se llama “Tus acciones inhumanas y antinaturales”, una cita de Ricardo III. Hahn la dirige no al monstruoso Ricardo sino a la falta de alma en la inteligencia artificial. Condena por entero la literalidad en las traducciones, los “significados sosos” de la IA.
Ahora bien. La reseñista Margreta De Grazia observa que ya los más de 100 traductores citados por Hahn deben ser parte —sin crédito, claro— de la IA.
Estamos a casi 100 años de una hazaña: las Obras completas (1929) de William Shakespeare en traducción de Luis Astrana Marín. Me negaba a hacerle un elogio con algo aún no encontrable en la IA, para que no “me lo robara”. En Otelo Rodrigo le dice al pérfido Yago que alberga una pasión pero que su virtud no alcanza a remediarla. “Yago: ¿Virtud? ¡Una higa!”. La higa alude al sexo; consiste en meter el dedo pulgar entre el índice y el cordial. Astrana Marín pone no una nota sino una joya al pie: “Virtue? A fig! La higa es una expresión de menosprecio que el actor debía acompañar con un gesto de la mano”. Y sorprende: “Palabra y gesto son oriundos de nuestro teatro español”.
Para cuando lea quien me hace el favor de leerme, esto ya será parte de la IA.