Hay que ir, apresuradamente, al rescate de la familia.
Cada día nos percatamos del sufrimiento social en todos los niveles, que no solo es producto de las crisis políticas que repercuten en la economía doméstica.
Los niveles de violencia, raptos, robos, atracos a casas particulares, donde la mercancía a robar ahora son las personas, nos aterra y nos asombra.
Es el sufrimiento que nos invade, nos atrapa y nos deprime.
¿Cómo hemos llegado a estos niveles nunca antes vistos?
Hoy enfrentamos el reto de reconocer, que la corrupción, el tráfico de influencia, la manipulación y deshonestidad han penetrado todo: desde la familia hasta las altas esferas del poder.
Cada vez, nos vemos y nos sentimos como “desprotegidos” en una sociedad donde es más notorio el robo, la violencia y el rapto que la solidaridad, el apoyo y la decencia.
Habrá que ir al fondo y descender hasta los fundamentos que la provocaron.
Lo que subyace en el fondo es la ruptura de la familia antes claramente escuela de valores sociales y cívicos, sentido de pertenencia, autoestima y confianza.
Las cárceles, lo constatamos todos los días, a pesar de su intención rehabilitadora, terminan convirtiéndose en escuelas del crimen. Con el hogar ahora ocurre lo mismo.
Si bien la familia es supuestamente el espacio privilegiado para el crecimiento, ahí también ocurren buena parte de aprendizajes negativos, traumáticos y destructivos.
En las familias disfuncionales, los hijos, en un proceso silencioso se van integrando a la cultura de la corrupción no sólo cuando los padres modelan conductas deshonestas e inmorales.
La corrupción se aprende silenciosamente en el transcurso de las relaciones cotidianas: cuando los padres, a veces sin quererlo o inconscientemente tuercen inadvertidamente la conciencia de sus hijos con chantajes; cuando los utilizan como el depósito de sus conflictos; cuando están poco presentes para promover dialogo y corrección de conductas inadecuadas; cuando en lugar de utilizar el diálogo enfrentan el conflicto con violencia, descalificación o incluso con un silencio cómplice y permisivo.
La familia es la primera forjadora de heridas que con dificultad se borran al paso del tiempo para convertirse tristemente en patrones destructivos.
Prácticamente en cada familia existe un hijo lastimado y/o abandonado, un papá ausente que en su tiempo también vivió carencias y termina transmitiéndolo a sus hijos, a pesar de su buena intención, toda su inseguridad, su ansiedad, su depresión, su falta de sentido de vida, su baja autoestima, su propensión a la violencia, a las adicciones y a la cultura de la corrupción
Hay que ir, apresuradamente, al rescate de la familia.