Seguramente hemos tenido más de una vez pensamientos "malos" e indeseables. ¿Alguna vez pensó en engañar a su pareja? ¿En golpear a su jefe? ¿En robar en una tienda? Peor aún... ¿pensó en matar a alguien?
Las personas pasamos gran parte del tiempo pensando en cosas en las que no deberíamos pensar.
Es como si nuestra imaginación tuviese un "lado oscuro" que debemos confrontar: pensamientos tan mortificantes y contrarios a las normas y a nuestros principios que nos espantan.
La mayoría de nosotros no actúa obedeciendo estos pensamientos, sino que los olvidamos en pocos segundos.
Pero el sólo hecho de tenerlos es inquietante y nos genera perturbadoras dudas:
No debemos sentir culpa por tener estos pensamientos, ni pensar que nuestra mente está enferma... o que somos asesinos en potencia Tenerlos es absolutamente normal, y podemos aprender algunas cosas más sobre ellos.
Los pensamientos están vinculados a nuestros mecanismos de toma de decisión, a nuestra habilidad para distinguir lo correcto de lo incorrecto y a nuestra capacidad para evitar consecuencias perjudiciales.
Existe una relación muy cercana entre los "malos" pensamientos y nuestro sistema de valores, es decir, los parámetros con los cuales juzgamos lo bueno y lo malo.
Un pensamiento "malo" es aquel que viola esos parámetros.
Las fantasías sexuales, por ejemplo, generalmente involucran conductas que se consideran inapropiadas como el adulterio, el incesto, o la violación.
Así los psicólogos consideran que los "malos pensamientos" son un recurso para reafirmar nuestros valores y vigilar los límites de nuestra conducta.
Por ejemplo, ante la fantasía de golpear a alguien, el cerebro analiza las consecuencias de hacerlo.
Cuando vemos que podemos salir dañados -o dañar a alguien más- nos echamos atrás. Si no tuviésemos este "sensor" interno, probablemente cometeríamos muchas faltas.
La incomodidad y la perturbación resultantes de los malos pensamientos, nos ayudan a vivir más pacífica y civilizadamente.
Tener “pensamientos malos” entonces, es normal, y para no asustarnos por tenerlos conviene trabajar por una buena salud y equilibrio emocional.
Si no los confrontamos, no tendremos oportunidad de procesarlos y no alcanzaremos a ver que son irreales, que distan de materializarse.
Lo indicado es analizar esos pensamientos con perspectiva y realismo, averiguar qué nos hace vulnerables a ellos y -si se trata de una idea recurrente- pedir ayuda.
Si bien estos pensamientos son desagradables, lo verdaderamente perjudicial es nuestra reacción ante ellos, que nos provoca vergüenza, culpa y miedo.