Este año vi más altares de muertos dedicados a las mascotas que en cualquier otro. Entre fotografías de perros y gatos, juguetes y croquetas descubrí algo hermoso: en México, el amor también está encontrando nuevas formas de volver a casa.
Hay algo profundamente conmovedor en nuestras tradiciones. La distancia entre los vivos y los muertos se vuelve más pequeña. Y ahora, en ese camino de regreso, también hay huellas de cuatro patas.
Me gusta pensar que ocurrió cuando comprendimos que una mascota nunca ocupa solamente un espacio en la casa. Ocupa una parte de nuestra historia. Está en los días difíciles y en esa manera tan suya de acompañarnos sin pedir explicaciones.
Por eso, cuando se va, no perdemos únicamente a una mascota. Perdemos una presencia que formaba parte de nuestra vida cotidiana. En redes sociales este año también leí a muchos usuarios que planteaban: ¿por qué no existen días destinados a reconocer el duelo por la pérdida de una mascota?
¿Por qué alguien puede recibir comprensión cuando muere un familiar, pero escuchar un "era solamente un perro " cuando intenta explicar su tristeza?
La pregunta merece algo más que una respuesta rápida. La psicóloga Dianne Cameron publicó en 2025 un estudio sobre el duelo por la pérdida de animales, basado en entrevistas con cuidadores.
Sus hallazgos describen el peso emocional de una pérdida que los demás minimizan, el aislamiento que puede producir y la importancia de recibir reconocimiento y apoyo. A este fenómeno se le conoce como duelo desautorizado: un dolor real al que la sociedad no siempre concede espacio para expresarse.
Cuando no podemos llorar, hablar o despedirnos porque tememos ser juzgados, el sufrimiento puede volverse más solitario. Algunos ocultan sus lágrimas, se sienten culpables por estar tristes o intentan continuar como si nada hubiera sucedido.
Las mascotas conocen nuestras versiones más vulnerables, nos acompañan durante enfermedades, separaciones, mudanzas y noches en las que no sabemos cómo seguir. Su amor no necesita grandes discursos; precisamente por eso, su ausencia puede dejar un silencio inmenso.
Tal vez por eso me emocionaron tanto los altares de este año. Porque no son únicamente una expresión de nostalgia: también son una declaración de amor. Son la prueba de que nuestras costumbres siguen creciendo con nosotros, capaces de abrazar nuevas formas de familia sin perder su esencia.
México tiene esa magia, esa manera extraordinaria de mirar a la muerte sin renunciar a la ternura. Este Día de Muertos, quizá debamos mirar nuestros altares y comprender que algunas huellas nunca necesitan pies para regresar.
A veces basta una fotografía o una veladora encendida para decir lo que el corazón todavía no consigue pronunciar: aquí sigues teniendo un lugar y cuando el amor ha sido verdadero, ni siquiera la muerte consigue convencernos de que debemos dejar de esperarlos.