Misofonía: el ruido invisible que afecta el aprendizaje

Tamaulipas /

¿Puede una sensibilidad auditiva encubierta sabotear el rendimiento académico sin que nadie lo note? ¿Es posible que un estudiante se sienta atrapado en su propio cerebro por algo que el resto considera “ruido normal”?

Parece mentira, pero la misofonía, aunque todavía poco conocida, está empezando a emerger en la literatura clínica como una forma de trastorno del procesamiento sensorial en la que ciertos sonidos -generalmente repetitivos o asociados al cuerpo humano, como masticar, respirar, susurros o golpeteos- desencadenan respuestas emocionales y fisiológicas intensas.

En términos profesionales, se entiende como una hipersensibilidad auditiva selectiva, una incapacidad involuntaria del cerebro para filtrar estos estímulos como “ruidos de fondo”. En lugar de eso, el sistema nervioso central los trata como amenazas, provocando ansiedad, irritación profunda, tensión muscular e incluso miedo o pánico.

Para muchos estudiantes que lo padecen, cada clase se convierte en una batalla interna. Mientras otros escuchan un clic de bolígrafo y lo ignoran, ellos sienten una creciente tensión que se apodera de su atención completa.

Esa sensación de “no poder concentrarse” no es falta de voluntad o de actitud: es la realidad de un cerebro que no logra clasificar esos sonidos como irrelevantes, y en consecuencia los prioriza de forma repetitiva en la percepción consciente.

Lo paradójico y más doloroso de este trastorno es su invisibilidad. No hay pruebas de laboratorio accesibles, ni señales externas claras; por eso suele confundirse con distracción, intolerancia o mala conducta. La misofonía aún no tiene un lugar formal en los principales manuales diagnósticos, lo que dificulta su detección y comprensión en entornos escolares.

Esta perspectiva subraya que no es el volumen lo que importa, sino cómo el cerebro interpreta y prioriza ese estímulo. Esa interpretación neurológica tiene consecuencias prácticas claras: aunque un estudiante intente dormir, estudiar en casa, relajarse o simplemente enfocarse en una tarea académica, no puede “apagar” esa alarma interna.

Cabe señalar que el cerebro con misofonía no clasifica los sonidos como ruido irrelevante; los trata como señales de alerta repetitivas, lo que mantiene al estudiante en un estado de vigilancia que roba recursos cognitivos esenciales como la atención, la memoria de trabajo y la autorregulación emocional.

Como docente, esta realidad debería impulsarnos a actuar con sensibilidad y apoyo. No se trata de “evitar todo sonido” en el aula, sino de fomentar espacios de escucha empática y estrategias que permitan a quienes sufren este trastorno participar sin sentirse constantemente sobreexpuestos.

Por último es importante reconocer que cada estudiante escucha el mundo de forma distinta es un paso hacia una educación más inclusiva. Y más importante aún: ofrecer comprensión puede marcar la diferencia entre que un estudiante se sienta visto… o completamente solo en su silencio sonoro.


  • Magda Bárcenas Castro
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite