Hay episodios que trascienden el escándalo del momento porque exhiben problemas mucho más profundos. Los comentarios discriminatorios atribuidos a dos diputadas poblanas y a una funcionaria, dirigidos contra adultos mayores y contra los hombres, no sólo resultan ofensivos; evidencian una preocupante pérdida de sensibilidad hacia la dignidad humana.
La discriminación no cambia de naturaleza según quién sea la víctima. Si condenamos el racismo, el clasismo o la misoginia, con la misma firmeza debemos rechazar el edadismo, la misandria y cualquier expresión de desprecio hacia los hombres por el simple hecho de serlo. Los derechos humanos no son selectivos ni admiten jerarquías ideológicas.
Sin embargo, el verdadero debate va mucho más allá de tres extraviadas de razonamiento acotado. La pregunta obligada es otra: ¿cómo llegan a representar un movimiento perfiles que evidentemente desconocen uno de sus principios fundamentales, el respeto irrestricto a la dignidad de todas las personas?
Morena nació como una alternativa ética frente a la vieja política. Su fuerza no provino únicamente de una propuesta electoral, sino de miles de mujeres y hombres que durante años caminamos comunidades, defendimos causas y construimos un proyecto inspirado en el humanismo mexicano impulsado por Andrés Manuel López Obrador. Esa formación política enseñaba que primero está el pueblo, todo el pueblo, sin excepciones.
Con el paso de los años, muy lamentablemente en la mayoría de los casos, las bases hemos sido desplazadas por criterios de oportunidad, supuesta rentabilidad electoral o cercanía con determinados grupos de poder. El resultado es visible cuando algunos representantes hablan desde el prejuicio y no desde los principios. No se trata sólo de un error personal; también refleja fallas en los mecanismos mediante los cuales se eligen candidaturas y se forman cuadros.
Este episodio también obliga a abrir una conversación pendiente. La discriminación contra los adultos mayores sigue normalizándose mediante burlas y estereotipos. De igual manera, descalificar a los hombres por el solo hecho de ser hombres, suele minimizarse como si fuera socialmente aceptable o este segmento fuera siempre el sacrificable. No lo es. Una sociedad verdaderamente igualitaria rechaza cualquier forma de desprecio, venga de donde venga y se dirija a quien se dirija.
Morena todavía tiene la oportunidad de corregir. No basta con ganar elecciones; hay que preservar la autoridad moral que dio origen al movimiento. Los cargos públicos deben recaer en personas que comprendan y vivan sus principios.
Es vital para el fortalecimiento de Morena, el entender que cuando la ética deja de ser el filtro para seleccionar representantes, las palabras terminan revelando aquello que los procedimientos dejaron pasar y hoy con este nuevo ejemplo se confirma todavía más.