Una bocanada de dignidad

Hidalgo /
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En medio de un escenario internacional dominado por la arrogancia de las grandes potencias, comienzan a sentirse bocanadas de aire fresco que devuelven cierta esperanza a la dignidad de los pueblos. No se trata simplemente de victorias electorales, sino de señales de que la voluntad popular todavía puede imponerse a los intereses de los grandes capitales.

Esta semana, tres acontecimientos merecen nuestra atención.

En Naciones Unidas, el representante estadounidense Mike Waltz pretendió desacreditar al gobierno cubano exhibiendo fotografías de supuestos lujos y propiedades de sus dirigentes. Ofende la inteligencia que una potencia con enormes recursos de investigación pretenda convertir imágenes en pruebas concluyentes de enriquecimiento irregular, sin presentar documentación que acredite la propiedad y procedencia de esos bienes. En tiempos de inteligencia artificial, una fotografía exige verificación, no credulidad.

Pero lo verdaderamente relevante fue la votación contra el criminal bloqueo económico impuesto a Cuba: 130 países exigieron su eliminación, frente a 17 que votaron en contra y 25 abstenciones. Aunque disminuyó el respaldo respecto al año anterior, la abrumadora mayoría internacional sigue rechazando una política que castiga y fustiga a todo un pueblo.

Desde Israel llegó otra señal. Las elecciones del martes dejaron al bloque de Benjamin Netanyahu sin la mayoría parlamentaria necesaria para gobernar por sí solo. Los partidos árabes, con una representación que podría alcanzar 19 escaños, adquirieron una importancia política extraordinaria. No significa todavía la salida de Netanyahu, pero sí una oportunidad para quienes rechazan la continuidad de sus políticas criminales y genocidas.

Y desde Brasil llegó quizá la noticia más alentadora: Luiz Inácio Lula da Silva protagonizó una remontada histórica. Después de perder la primera vuelta, conquistó su reelección con más de 64 millones de votos, derrotando a Flávio Bolsonaro, representante de una ultraderecha que parece incapaz de aceptar la voluntad popular cuando le resulta adversa.

Lo ocurrido después retrata una contradicción escandalosa. El lunes, Flávio visitó a su padre, Jair Bolsonaro, bajo arresto domiciliario. Ese mismo día recibió una orden judicial para entregar sus pasaportes y no abandonar Brasil. Aseguró que permanecería en su país, pero según fuentes que poseo en Argentina, el martes cruzó por tierra en una camioneta de turismo hacia ese país y en una ruta fue tan insólita como reveladora: Cruzó a territorio albiceleste, a Puerto Iguazú, de ahí un avión privado facilitado por el mismo gobierno argentino, hizo escala de abastecimiento de combustible en Guayaquil y con destino final Miami, donde el gobierno de Donald Trump autorizó su ingreso.

La presencia en Iguazú de Santiago Caputo, estrecho colaborador de Javier Milei, plantea preguntas que el gobierno argentino debe responder. La oposición ya exige explicaciones sobre su posible participación. De confirmarse una intervención oficial para facilitar la salida de alguien sujeto a restricciones judiciales, estaríamos ante un episodio de enorme gravedad institucional.

Mientras tanto, Bolsonaro cuestiona sin pruebas suficientes el resultado electoral, pretendiendo desconocer el mandato de millones de brasileños. Una actitud que recuerda cómo ciertos sectores invocan la democracia únicamente cuando les garantiza el poder.

Cuba resiste, Brasil votó y en Israel se abren nuevas posibilidades parlamentarias. Son escenarios distintos, con contradicciones propias, pero dejan una enseñanza común: ninguna maquinaria económica, mediática o política debería considerarse dueña de la voluntad de los pueblos.

La dignidad no se compra, la soberanía no se mendiga y la democracia no puede quedar subordinada a los caprichos de quienes se creen propietarios del mundo.

Quedémonos con la esperanza de que en breve, España nos regale también una de estas bocanadas de aire fresco, tan vitales e importantes y tan escasas en los últimos dos años en el mundo.



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