La ciudad que todavía podemos imaginar

Ciudad de México /
Segundo piso vial en la capital del país. Octavio Hoyos

Recuerdo haber visto de niño, algún sábado por la tarde en el Canal 5, Los olvidados de Luis Buñuel. Aquella película que mostraba una Ciudad de México que no me tocó vivir: una ciudad en expansión, de lotes baldíos, contrastes sociales y periferias que todavía se estaban formando.

Años después, siendo universitario, El callejón de los milagros de Jorge Fons dibujaba otra ciudad: la de los noventa, más densa e íntima, donde la vida ocurría entre patios, vecindades y calles estrechas.

Ya trabajando como arquitecto, Amores perros de González Iñárritu retrató una ciudad más cercana a la que hoy habitamos: vertiginosa, fragmentada, atravesada por la velocidad y el azar.

Todas esas películas hablaban del presente. Cada una, desde su tiempo, hacía una radiografía de este lugar donde soñamos, lloramos, sufrimos y gozamos: la Ciudad de México.

El cine suele capturar la ciudad en el momento en que ocurre.La arquitectura, en cambio, debería imaginarla hacia adelante.

Porque si la ciudad se vive en el presente, necesariamente debe planearse hacia el futuro. La sociedad no debería conformarse con reaccionar cuando los problemas aparecen; debería exigir planeación antes de que lleguen.

Criticar al gobierno es necesario, pero también lo es proponer. Al final, quienes gobiernan esta ciudad son también citadinos. Son, como nosotros, chilangos que habitan las mismas calles, la misma infraestructura, los mismos problemas. Una ciudad solo se construye cuando quienes la habitan comparten una mirada de largo plazo.

Y quizá ahí aparece una pregunta que pocas veces nos hacemos con suficiente seriedad: ¿cómo queremos vivir en esta ciudad dentro de treinta años?

La respuesta inevitablemente pasa por la vivienda.

La vivienda es el punto donde la ciudad pública se encuentra con la vida íntima. Es el lugar donde la calle termina y comienza la historia personal de cada familia. Es refugio, memoria y pertenencia. Pero también es infraestructura urbana, suelo, planeación y tiempo largo.

Por eso la conversación sobre la vivienda no debería aparecer solo cuando las rentas suben demasiado o cuando un barrio cambia demasiado rápido. La vivienda pertenece al terreno de la anticipación, no solo al de la reacción.

Regular el precio de las rentas puede ser un avance. Pero pensar en bancos de tierra, en densidad bien localizada, en vivienda de calidad y en planeación urbana a largo plazo es una discusión mucho más profunda.

Porque cuando una ciudad piensa seriamente en la vivienda, en realidad está pensando en muchas otras cosas al mismo tiempo: en la movilidad, en el tiempo que pasamos en transporte, en la cercanía a escuelas, hospitales y espacios públicos. Está pensando también en la posibilidad de que los barrios permanezcan habitables para quienes los han construido con su vida cotidiana.

La vivienda parece un tema técnico, pero en realidad es profundamente cultural.

Define cómo convivimos, cómo envejecemos, cómo crecen nuestras familias y cómo se construyen las comunidades. Una ciudad que piensa bien su vivienda está, en el fondo, pensando cómo quiere vivir.

Las herramientas para hacerlo —el banco de tierra, la densidad bien pensada, el diseño arquitectónico de largo plazo— pueden parecer asuntos técnicos o incluso aburridos. Pero son decisiones que determinan el futuro de la ciudad.

Celebrar juntos en una plaza también es parte de la vida urbana. Un concierto en el Zócalo puede recordarnos que compartimos una ciudad y una energía colectiva. Pero imaginar juntos cómo queremos habitar esta ciudad durante las próximas décadas quizá sea una tarea todavía más importante.

Porque el cine nos muestra la ciudad que somos hoy. La arquitectura, en cambio, debería ayudarnos a imaginar la ciudad que queremos ser mañana.


  • Manuel Cervantes Céspedes
  • Arquitecto y fundador de Manuel Cervantes Estudio
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