Las últimas novedades en el conflicto entre el presidente estadunidense Donald Trump y el gobierno de Irán apuntan a una realidad compleja. El poder dentro del régimen iraní está fragmentado. Esto significa que mientras algunos actores con influencia real pueden favorecer un acuerdo, otros rechazan cualquier acercamiento con Estados Unidos.
En términos generales existen tres centros principales de poder dentro de Irán. El primero es el clero, encabezado por el Líder Supremo, que representa el máximo poder formal del Estado. El segundo es la Guardia Revolucionaria, que constituye el principal poder operativo y militar. El tercero es el gobierno civil, cuyo margen de maniobra es claramente limitado frente a los otros dos.
Hoy el verdadero equilibrio de poder se inclina hacia la alianza entre el clero y la Guardia Revolucionaria, con una influencia creciente de esta última. Bajo estas condiciones, cualquier negociación será compleja y lenta, pues Estados Unidos tendrá que observar con atención cómo se reacomodan las distintas corrientes internas del régimen según sus propios intereses.
Por ello resulta difícil anticipar un acuerdo de paz rápido. Ojalá me equivoque, pero por ahora ese escenario no parece cercano.
Mientras tanto, el conflicto ya está generando efectos negativos en la economía mundial. El encarecimiento del petróleo presiona la inflación global, obliga a mantener tasas de interés elevadas por más tiempo y reduce las expectativas de crecimiento económico, tal como lo ha señalado recientemente el Fondo Monetario Internacional. Y lo más preocupante es que los efectos inflacionarios más severos aún no se han manifestado plenamente.
La realidad en este conflicto es que no hay ganadores. Como en el juego de la pirinola, todos ponen.
Para México la situación llega en un momento particularmente delicado. Nuestra industria petrolera atraviesa una etapa complicada y las finanzas de Petróleos Mexicanos (Pemex) siguen representando un lastre importante para las finanzas públicas. Además, la balanza energética del país ya no es positiva. Importamos más gasolinas y derivados de los que exportamos en crudo.
Si los precios del petróleo permanecen en niveles elevados o incluso aumentan más, el gobierno tendrá que tomar decisiones difíciles. Trasladar el costo a los consumidores mediante mayores precios de la gasolina o incrementarlo vía subsidios con cargo al erario público. Ninguna de las dos opciones es deseable.
Con este panorama, lo que más conviene a México y al mundo es que este conflicto encuentre una solución lo antes posible.