Es difícil dimensionar la magnitud del problema que representa la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Se trata de un conflicto con múltiples aristas: geopolíticas, económicas y humanas. Esta última es la más dolorosa, porque quienes terminan pagando el costo más alto son las poblaciones civiles.
Irán ha sido, desde la Revolución Islámica de 1979, uno de los principales focos de tensión para Occidente. Durante décadas ha respaldado a distintos grupos armados y ha sostenido una política exterior abiertamente confrontacional, al tiempo que ha insistido en desarrollar capacidades estratégicas que el mundo ha visto con enorme preocupación. Todo ello fue llevando la situación a un punto de ruptura que hoy tiene al mundo entero observando con inquietud.
En el terreno económico, el impacto ha sido inmediato. El petróleo, que ya era sensible a cualquier alteración en la región, reaccionó con fuerza. Reuters reportó que el Brent rebasó los 119 dólares por barril tras el inicio de la guerra, cuando antes del estallido del conflicto cotizaba en niveles cercanos a 73 dólares.
A ello se suma el enorme riesgo que representa el estrecho de Ormuz, por donde pasa alrededor de 20 por ciento del suministro mundial de petróleo. Una interrupción prolongada puede detonar una crisis energética de alcance global, elevar los costos del transporte, presionar la inflación y debilitar todavía más las perspectivas de crecimiento económico en muchas regiones. Aunque algunos flujos iraníes siguen transitando, la disrupción en la zona ya ha generado fuertes tensiones en los mercados energéticos.
El panorama sigue siendo incierto. Por un lado, desde Washington han surgido mensajes que sugieren que la fase más intensa del conflicto puede estar cerca de concluir. Por otro, la realidad sobre el terreno dice algo distinto: Irán mantiene capacidad de respuesta, el régimen no parece estar al borde del colapso y no existe hoy una alternativa clara que pueda llenar el vacío de poder en caso de un cambio de régimen.
Incluso después de la muerte de Alí Jameneí, los reportes de inteligencia citados por Reuters señalan que la estructura de poder iraní sigue en pie y conserva capacidad de control interno. Para los mercados esto significa que la incertidumbre probablemente continuará por algún tiempo más.
Sin embargo, si el conflicto no escala todavía más y no arrastra a otras potencias o a otros frentes regionales, es probable que los inversionistas comiencen gradualmente a adaptarse a esta nueva realidad. Por ahora, lo que se impone es actuar con prudencia, paciencia y sangre fría. No parece, al menos hoy, que estemos ante el preludio de una tercera guerra mundial, pero sí frente a una crisis suficientemente grave como para alterar la economía global durante los próximos meses.