Las perspectivas económicas siguen empañadas por Medio Oriente

Ciudad de México /

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán se ha prolongado más de lo deseable y sus consecuencias económicas empiezan a sentirse con mayor claridad. Si no se encuentra pronto una salida política y militar, los daños para la economía mundial pueden ser considerablemente mayores.

El presidente Trump declara un día que el conflicto está cerca de resolverse y al siguiente amenaza a Irán con consecuencias extremas si decide alargar la confrontación. Del otro lado, Irán no parece dispuesto a ceder fácilmente. Para ese país, más allá de la negociación diplomática, mantenerse en pie de lucha se ha convertido en un asunto de supervivencia política, ideológica y estratégica. Por eso, aunque todos deseamos que la solución llegue pronto, la realidad es que el panorama luce todavía complejo.

Para la economía mundial, el conflicto significa presiones muy claras: precios altos del petróleo, encarecimiento del gas, mayores costos de transporte, presiones inflacionarias y menor crecimiento. El petróleo no sólo impacta el precio de las gasolinas, está presente en una enorme cadena de productos, procesos industriales, transporte, fertilizantes, petroquímicos y bienes de consumo. Cuando sube el petróleo, tarde o temprano sube el costo de muchas otras cosas.

En materia financiera, el punto central será observar qué tanto estas presiones inflacionarias condicionan las decisiones de los bancos centrales. En México, luce difícil que Banxico pueda seguir bajando la tasa de referencia con la misma libertad que antes. La tasa ya se ubica en 6.50 por ciento, y si el petróleo sigue presionando la inflación, el margen para nuevos recortes será limitado.

Lo mismo ocurre en Estados Unidos. Aunque Kevin Warsh se perfila como un presidente de la Reserva Federal más cercano a la visión de Donald Trump y probablemente más inclinado a bajar tasas, el banco central no puede ignorar su mandato principal: llevar la inflación hacia el objetivo de 2 por ciento. Si la Fed intenta bajar tasas antes de que existan señales claras de control inflacionario, puede enfrentarse a una reacción negativa de los mercados y eventualmente provocar una crisis financiera de mayor calado.

Europa y Asia enfrentan un problema incluso más delicado, porque muchas de sus economías son altamente dependientes de la energía importada. Si los precios del petróleo y del gas se mantienen elevados, sus bancos centrales se verán obligados a endurecer su postura monetaria justo cuando sus economías necesitan crecer. Ese es el peor de los mundos: inflación alta con crecimiento débil.

En esta guerra no hay ganadores económicos. Mientras más dure el conflicto, mayores serán los costos. Además, no sólo se trata del precio actual del petróleo, sino del tiempo que tomará reconstruir, reparar y normalizar la infraestructura energética dañada. La destrucción de instalaciones, ductos, plantas y centros de distribución puede tener efectos que duren mucho más que la guerra misma.

México, si pensara en grande, ya debería estar tocando la puerta de las grandes empresas energéticas del mundo para invitarlas a invertir aquí. Tenemos una ubicación privilegiada, cercanía con Estados Unidos, acceso al Pacífico y al Atlántico, y un enorme potencial en gas natural. Sin embargo, seguimos atrapados en una visión ideológica que limita la inversión privada, frena el desarrollo energético y nos impide aprovechar oportunidades históricas.

El gas nos sobra en potencial, nos hace muchísima falta en desarrollo y no tenemos ni el capital ni la tecnología suficiente para explotarlo solos. En lugar de cerrarnos, deberíamos estar abriendo la puerta a quienes sí pueden ayudarnos a convertir ese potencial en crecimiento, empleo, infraestructura e inversión.

El mundo atraviesa un momento delicado. La economía global ya venía cargando con los efectos de tasas altas, inflación persistente, tensiones comerciales y menor crecimiento. Medio Oriente añade una nueva capa de incertidumbre. Por eso, más que celebrar cualquier aparente tregua o discurso optimista, conviene mantener prudencia. La solución no se ve sencilla, los riesgos siguen presentes y los costos económicos apenas empiezan a medirse.


  • Manuel Somoza
  • Presidente de Somoza y Asociados, Asesor Financiero Afiliado a GBM. Economista por la Universidad Anáhuac con maestría en Finanzas por el Tec de Monterrey.
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