Nuestro voto NO es negociable

Tamaulipas /
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Lo sucedido en el Women’s Leadership Summit de Turning Point USA no debería tratarse como una anécdota extravagante de la política estadounidense. Tampoco como otro video polémico destinado a desaparecer después de unos días en redes sociales.

Debemos mirarlo con atención, especialmente las mujeres, porque muestra cómo comienza a normalizarse la pérdida de derechos: no siempre mediante una prohibición impuesta desde arriba, sino convenciéndonos de que renunciar a ellos podría hacernos más felices.

En el encuentro celebrado en junio de 2026 en San Antonio, encabezado por Erika Kirk, miles de jóvenes escucharon discursos contra el feminismo y a favor de una supuesta “feminidad bíblica”, basada en el matrimonio, la maternidad y la dependencia mutua entre hombres y mujeres.

Algunas asistentes afirmaron incluso que estarían dispuestas a renunciar a su derecho al voto si eso ayudara a construir un país más conservador. Kirk no fue quien hizo directamente esa propuesta, pero dirigió el espacio político donde ese planteamiento encontró audiencia, legitimidad y aplausos.

No debemos minimizarlo diciendo que cada mujer puede elegir la vida que quiera. Por supuesto que una mujer (privilegiada) hoy en día tiene más libertades para decidir dedicarse al hogar, a la maternidad o a su familia. El problema comienza cuando una preferencia personal se convierte en un proyecto político que presenta la autonomía económica, el feminismo y la participación pública como errores que debemos corregir.

Las mujeres no conseguimos el voto, la educación, el trabajo remunerado ni el derecho a ocupar el espacio público porque alguien nos los obsequiara. Cada avance exigió que otras mujeres enfrentaran el desprecio, la violencia, el castigo social o hasta la muerte. Por eso resulta profundamente irresponsable romantizar una época en la que la dependencia no era una elección, y volver a ser obligadas a someternos a los hombres de nuestras familias.

Esa nostalgia también tiene una dimensión urbana. Durante siglos, los hogares y las ciudades se organizaron alrededor de una misma idea: los hombres salían a trabajar, gobernar y decidir; las mujeres permanecían dentro sosteniendo gratuitamente la vida cotidiana.

Todavía hoy somos nosotras quienes realizamos la mayor parte de los cuidados, acompañamos a niñas, personas mayores y familiares dependientes, hacemos compras y encadenamos trayectos que las ciudades rara vez reconocen.

Las mujeres no necesitamos regresar al hogar para estar protegidas. Lo que necesitamos son ciudades que reconozcan nuestro trabajo, redistribuyan el espacio público y nos permitan caminar, cuidar, descansar, participar y decidir, pero para lograrlo, debemos formar parte de esas decisiones (y sí, requerimos del voto directa o indirectamente).

Por eso no podemos pasar por alto lo ocurrido alrededor de Erika Kirk y sus seguidoras. Cuando una mujer renuncia a un derecho, las consecuencias políticas no terminan en su vida privada: ayuda a construir un mundo donde otras también podrían perder la posibilidad de elegir.

Debería alarmarnos porque nuestros derechos no están garantizados para siempre. Primero se cuestionan, después se ridiculizan y finalmente se presentan como innecesarios.

No permitamos que llamen libertad a que nos obliguen a encerrarnos en nuestras casas bajo la fachada de amas de casa "femeninas" y perfectas para ser reconocidas o hasta amadas.

La calle, la autonomía, la voz y el voto no son excesos del feminismo. Son condiciones mínimas de justicia que no estamos dispuestas a perder.


  • Marcela Brown
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