¿Por qué allá sí y aquí no?

Tamaulipas /
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Cada vez que otra ciudad anuncia una nueva ruta de transporte público, una ciclovía o una inversión para que la gente pueda moverse sin carro, pienso en Ciudad Victoria. No porque quiera que se parezca a la Ciudad de México, sino porque empiezo a preguntarme cuánto tiempo más vamos a aceptar que aquí las cosas simplemente no se pueden.

Esta semana, la capital del país presentó avances en electromovilidad y planes para ampliar su infraestructura ciclista. No significa que haya resuelto sus problemas. Le sobran pendientes, desigualdades y calles peligrosas. Pero al menos existe una conversación pública sobre cómo mover personas sin obligarlas a comprar un automóvil.

En Victoria seguimos esperando una conversación parecida.

Salir a caminar todavía implica esquivar banquetas rotas, postes, carros estacionados y tramos donde el sol te obliga a buscar cualquier pedacito de sombra. Cruzar ciertas avenidas requiere paciencia, suerte y una confianza excesiva en que alguien va a frenar. El transporte público, mientras tanto, parece condenado a ser tratado como un asunto menor, aunque de él dependa la vida cotidiana de miles de personas.

Y entonces viene la pregunta incómoda: ¿qué falta?

¿Dinero? Claro que hace falta presupuesto. Pero antes de pedir más recursos habría que saber cuánto se destina realmente a mejorar la movilidad de quienes caminan, usan el transporte público o se desplazan en bicicleta. ¿Cuánto se invierte en mantenimiento de banquetas? ¿Cuántos cruces seguros se construyen? ¿Dónde están las metas, los plazos y los resultados que cualquier ciudadano pueda consultar?

Porque pintar un cruce no basta si los automóviles siguen pasando a velocidades peligrosas. Plantar árboles para la foto tampoco sirve si después nadie los cuida. Y anunciar obras viales no equivale automáticamente a mejorar la movilidad.

No se trata de competir con ciudades más grandes. Se trata de reconocer que cada decisión municipal revela una prioridad. Y que durante años hemos aprendido a vivir aquí con carencias que nunca debieron normalizarse.

Tal vez lo que más falta es dejar de pensar que la ciudad termina donde acaba el parabrisas.

Victoria no necesita copiar el tamaño ni los proyectos de la capital. Necesita empezar por lo básico: banquetas continuas, árboles que den sombra, transporte digno, cruces donde nadie tenga que correr y calles en las que una niña o una persona mayor puedan moverse sin miedo. Nada de esto debería sonar extraordinario.

También necesitamos autoridades capaces de explicar por qué seguimos postergándolo. ¿Existe un plan de movilidad con presupuesto y responsables? ¿Se evalúa qué tan seguras son nuestras calles? ¿Quién escucha a quienes esperan el camión todos los días? ¿Quién responde cuando una banqueta desaparece bajo una cochera?

Lo más triste es que nos hemos acostumbrado a pedir como favor lo que debería ser una obligación pública.

No estamos exigiendo trenes futuristas ni soluciones imposibles. Queremos poder salir de casa sin que movernos por nuestra propia ciudad se convierta en una carrera de obstáculos.

Y si otras ciudades pueden empezar a cambiar sus prioridades, ¿qué están esperando las autoridades de Victoria para cambiar las suyas?


  • Marcela Brown
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