Dos Bocas: la refinería de la irresponsabilidad

  • Torre Azul
  • Marcelo Torres Cofiño

Laguna /

La refinería Olmeca de Dos Bocas fue presentada como el gran símbolo de la soberanía energética. 

Hoy, es más bien el símbolo de algo mucho más preocupante: la normalización de la irresponsabilidad pública. 

Porque no estamos hablando solo de sobrecostos o de metas incumplidas, sino de una cadena reiterada de accidentes, daños ambientales y pérdidas humanas que han sido sistemáticamente minimizados por quienes tienen la obligación de responder.

El incendio reciente que cobró la vida de cinco trabajadores no es un hecho aislado. 

Es la consecuencia de un proyecto que arrastra fallas de diseño, problemas operativos y decisiones apresuradas desde su origen. 

Como documenta la cobertura periodística, el siniestro vuelve a poner el foco sobre un complejo que acumula denuncias por contaminación y deficiencias técnicas. 

A esto se suma una secuencia de incidentes en un lapso alarmantemente corto: derrames, incendios y presencia de hidrocarburos en zonas aledañas, con al menos tres eventos registrados en menos de un mes.

Las consecuencias no son abstractas. Se traducen en playas vacías, pescadores sin ingreso y comunidades afectadas por la contaminación. 

Tras la explosión, la actividad turística y pesquera en la zona se desplomó, evidenciando que los costos del proyecto no solo se miden en miles de millones de dólares, sino en el sustento diario de cientos de familias. 

Es decir, el “progreso” prometido termina siendo, para muchos, retroceso.

Pero si los hechos son graves, la reacción oficial lo es aún más. Porque frente a esta cadena de eventos, lo que hemos visto es una constante: la negación. 

No hay responsables, no hay errores, no hay fallas estructurales. Todo se explica, todo se justifica, todo se diluye. Y en ese proceso, lo único que desaparece es la rendición de cuentas.

Incluso en el plano productivo, los datos desmienten el discurso triunfalista. 

La refinería no ha logrado operar a su capacidad prometida y ha sufrido caídas en su producción derivadas de incidentes y paros operativos. 

En enero de 2026, por ejemplo, la producción se redujo en más de 11%, evidenciando que las prisas por cumplir metas políticas han tenido un costo técnico y operativo. 

Es decir, ni produce lo que se prometió, ni opera con la seguridad que se requiere.

Lo más preocupante no es que un proyecto de esta magnitud enfrente problemas —eso puede ocurrir—, sino la incapacidad de reconocerlos. 

Porque cuando un gobierno se niega a aceptar errores, también renuncia a corregirlos. 

Y cuando eso ocurre en una instalación industrial de alto riesgo, las consecuencias no son discursivas: son humanas, ambientales y económicas.

Dos Bocas ya no es solo una refinería. Es una advertencia. 

Una advertencia de lo que ocurre cuando la política se impone sobre la técnica, cuando la narrativa sustituye a la evidencia y cuando la responsabilidad se diluye en el poder. 

Y, sobre todo, es una muestra de que el problema no es el accidente en sí, sino la actitud de quienes, frente a él, insisten en mirar hacia otro lado.

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