El gobierno mexicano acaba de descubrir, casi dos años después, que quizá no sabe cómo capturaron a Ismael “El Mayo” Zambada.
Una pequeña minucia, diría cualquiera: apenas uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo, trasladado a Estados Unidos en una operación envuelta en versiones contradictorias, aeronaves imposibles de rastrear, placas clonadas, modificaciones para evadir detección y un silencio diplomático que huele menos a misterio y más a ridículo institucional.
Ahora la FGR pedirá información al FBI sobre su participación en la captura. Muy bien.
Nada como investigar en 2026 lo que ocurrió en 2024.
Con esa velocidad, no extraña que los criminales les lleven décadas de ventaja.
Desde Presidencia se volvió a formular la gran pregunta: “¿quién mintió?”. Ken Salazar dice que Estados Unidos no organizó la operación, aunque admite que participaron al detenerlos al llegar allá.
Nuevas versiones periodísticas, en cambio, apuntan a que el FBI habría reconocido una operación “heroica y sin precedentes” para lograr el arresto y traslado del capo.
Y Rosa Icela Rodríguez advierte que, de confirmarse una intervención sin informar a México, habría violación a la soberanía.
Hasta ahí, el argumento suena serio. Si una agencia extranjera operó en territorio, espacio aéreo o logística vinculada a México sin informar formalmente, el Estado mexicano tiene derecho —y obligación— de exigir explicaciones.
Ningún país serio puede aceptar que fuerzas extranjeras actúen a sus espaldas. El problema es que el gobierno mexicano quiere convertir esta pregunta legítima en una cortina de humo para evitar la pregunta verdaderamente incómoda: ¿por qué El Mayo no fue capturado por México?
Porque si no hubiera intervenido Estados Unidos, directa o indirectamente, El Mayo probablemente seguiría tranquilo, paseando por Sinaloa, protegido por esa mezcla de incapacidad, complicidad y abrazos que el oficialismo insiste en llamar estrategia de seguridad.
Ahí está el punto que Morena no quiere tocar ni con guantes quirúrgicos: les indigna muchísimo cómo cayó El Mayo, pero no parecen igual de indignados por el hecho de que durante décadas operó con absoluta comodidad en México.
La soberanía, para Morena, funciona como paraguas selectivo. Cuando Estados Unidos exige cuentas sobre narcotráfico, gritan intervención.
Cuando México manda delincuentes al norte para evitar aranceles o quedar bien con Washington, entonces se llama cooperación internacional.
Cuando un capo cae allá y empieza a hablar, se rasgan las vestiduras patrióticas.
Cuando aquí se pregunta por los vínculos políticos del crimen organizado, activan el modo estatua: silencio, evasivas y expediente reservado.
Lo más revelador es el enojo. No parece ser solo molestia institucional. Parece miedo político.
Porque una cosa es discutir si el FBI participó o no en la operación; otra muy distinta es escuchar lo que El Mayo pueda decir ante autoridades estadounidenses sobre sus relaciones, pactos, reuniones, protección y complicidades.
La oposición lo ha planteado con claridad: al gobierno le preocupa más saber si Estados Unidos intervino en la captura que saber qué ha declarado Zambada sobre sus vínculos con políticos mexicanos.
Y ahí está la verdadera bomba. No es el avión. No es Ken Salazar. No es la nota diplomática.
Es la palabra del capo fuera del control del régimen. Mientras El Mayo estaba en México, era parte del paisaje.
En Estados Unidos, puede convertirse en expediente, testigo, acusación y sentencia política.
Por eso la pregunta final no es “¿quién mintió?”. La pregunta real es: ¿qué le molesta más a Morena, que Estados Unidos capturó a El Mayo o que El Mayo empezó a contar lo que sabe sobre la sociedad de los abrazos?