Maduro cae, la dictadura permanece

  • Torre Azul
  • Marcelo Torres Cofiño

Laguna /

La captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos ha sido presentada por algunos como el principio del fin de la dictadura venezolana. 

Sin embargo, una revisión cuidadosa de los hechos recientes obliga a una conclusión menos optimista: la caída de Maduro no significó un cambio de régimen, sino un reacomodo del poder bajo nuevas condiciones geopolíticas.

Lejos de abrirse una transición democrática, Venezuela sigue gobernada por los mismos actores que sostuvieron al régimen durante más de una década. 

Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina; su hermano, Jorge Rodríguez, continúa al frente de la Asamblea Nacional; y figuras clave del aparato coercitivo como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López mantienen posiciones estratégicas. Incluso el hijo del propio Maduro ha sido integrado activamente al discurso de continuidad del régimen. 

La oposición, una vez más, quedó excluida del tablero político.

A este escenario se suma un dato revelador: el acuerdo anunciado por Donald Trump, según el cual Venezuela entregará entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos. 

El mensaje es claro. Washington no buscó democratizar Venezuela, sino estabilizarla bajo términos favorables a sus intereses energéticos y de seguridad. 

La dictadura no cayó; simplemente cambió de tutor.

Mientras tanto, las consecuencias humanas permanecen intactas. Millones de venezolanos siguen en el exilio, sin condiciones reales para regresar. 

Quienes permanecen en el país enfrentan un entorno de pobreza, represión y ausencia de libertades. 

La promesa de una Venezuela libre y democrática volvió a posponerse, sacrificada en el altar del pragmatismo internacional.

Este episodio deja una lección incómoda pero necesaria: la democracia no llega por intervención externa ni por la caída de un solo hombre. 

Cuando las élites autoritarias permanecen intactas y los intereses extranjeros se imponen, los pueblos quedan relegados. 

Venezuela sigue siendo una dictadura, ahora funcional a otros fines, pero igual de distante de la libertad que su gente reclama.

Ahora bien, la captura de Nicolás Maduro es por las múltiples evidencias de su presunta participación en redes criminales transnacionales. 

Diversas investigaciones revelan que Venezuela funcionó como un corredor clave para el narcotráfico, con la implicación de altos funcionarios del régimen en actividades ilícitas y la acumulación de riquezas que no se pueden explicar si no es por su participación en delitos, lo cual será evaluado en el juicio que enfrenta en Estados Unidos.

Este caso tiene implicaciones directas para México, pues Estados Unidos advierte que los vínculos entre gobiernos autoritarios y el crimen organizado son una preocupación regional. 

Por ello, México debe actuar de manera independiente para combatir la corrupción y proteger el Estado de derecho, colocando la seguridad y bienestar de las familias mexicanas por encima de intereses políticos. 

Ignorar las lecciones del caso Maduro podría acarrear graves consecuencias. 

Ojalá Sheinbaum y Morena, aprendan bien la lección, por el bien de nuestra patria y de sus habitantes.

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