Hay símbolos que aparecen por accidente y otros que describen una época entera.
La invitación del famoso “pato Merlín” a la mañanera pertenece a la segunda categoría. No fue simplemente una anécdota simpática ni una ocurrencia para alegrar la conversación pública.
Fue la representación perfecta de un gobierno que, frente a los problemas más delicados del país, parece haber decidido hacerse pato... acompañado de un pato.
Mientras México enfrenta una crisis de violencia que sigue cobrando vidas todos los días, un déficit fiscal creciente, una deuda pública en ascenso y crecientes señalamientos internacionales sobre posibles vínculos entre figuras del oficialismo y el crimen organizado, Palacio Nacional decidió convertir a una mascota viral en protagonista de la agenda nacional.
En la República del Pato, los reflectores apuntan hacia donde resulta más cómodo mirar.
La presidenta presume una reducción cercana al 40 por ciento en los homicidios dolosos desde el inicio de su administración y celebra cifras históricas.
Lo que no explica es por qué la reclasificación de los delitos, los subregistros y los cambios metodológicos que, como hemos demostrado, han servido para maquillar la realidad.
La discusión incómoda se queda fuera del salón; la narrativa triunfalista ocupa el escenario principal.
La misma lógica aplica para la economía. Organismos especializados y calificadoras internacionales han advertido sobre el deterioro de las finanzas públicas, el peso creciente de la deuda y los riesgos asociados a los rescates permanentes de Pemex y CFE.
La perspectiva crediticia de México ya pasó de estable a negativa.
Sin embargo, en la mañanera hubo más espacio para conocer las costumbres alimenticias del pato Merlín que para explicar cómo evitar que el déficit termine traduciéndose en menos crecimiento, menos inversión y una vida más cara para millones de mexicanos.
Todavía más preocupante resulta el silencio frente a los casos que alimentan las sospechas de narcopolítica.
La acusación formal presentada en Estados Unidos contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y las investigaciones que alcanzan a otros mandatarios de Morena deberían provocar una reacción contundente del gobierno federal.
En cambio, la respuesta ha consistido en denunciar conspiraciones, cuestionar investigaciones ajenas y refugiarse en discursos de soberanía que aparecen o desaparecen según la conveniencia política del momento.
Y mientras eso ocurre, algunos integrantes de la llamada austeridad republicana parecen competir por demostrar quién puede vivir con menos austeridad.
Casas millonarias, vuelos en primera clase, hoteles exclusivos y artículos de lujo contrastan con los sermones cotidianos sobre la vida franciscana.
Cuando las evidencias aparecen, nunca faltan las explicaciones creativas, las bromas oportunas o las evasivas cuidadosamente ensayadas.
Nadie cuestiona la dignidad de una familia trabajadora ni el valor humano de una historia que conecta con millones de personas.
Lo cuestionable es convertir esa historia en una cortina de humo para evitar conversaciones que exigen respuestas, explicaciones y responsabilidades.
Porque una cosa es mostrar cercanía con la gente y otra muy distinta utilizar la popularidad de un pato para esconder los problemas del país.
Mientras se hable más de Merlín que de las víctimas, más de sus calcetines que de la deuda, más de su fama viral que de los gobernadores investigados, el mensaje será imposible de ignorar: en la República del Pato, la distracción ya no es un accidente de comunicación.
Es una forma de gobierno: la de hacerse pato con un pato.