Si no son narco-políticos, hacen todo lo posible por parecer

  • Torre Azul
  • Marcelo Torres Cofiño

Laguna /

La lista de morenistas bajo la lupa de autoridades estadounidenses ya parece directorio interno del movimiento: gobernadores, exsecretarios, senadores, dirigentes partidistas y hasta hijos del expresidente aparecen mencionados en expedientes, filtraciones y reportajes. 

Para no perderse en ese océano de nombres, conviene detenerse en tres casos que retratan con precisión el tamaño del problema: Rubén Rocha Moya, Adán Augusto López y los hermanos López Beltrán. 

No son los únicos, desde luego, pero sí concentran dos ingredientes explosivos: sospechas gravísimas y una vida de lujos que, curiosamente, nunca aparece en los discursos sobre “austeridad republicana”.

El caso de Rocha Moya es quizá el más brutal. De acuerdo con señalamientos atribuidos a fiscales en Nueva York, el gobernador con licencia de Sinaloa habría permitido que el Cártel de Sinaloa convirtiera al gobierno estatal en una herramienta al servicio del crimen: protección policial, sobornos, apoyo electoral y control territorial. 

La red, según esas acusaciones, incluiría a exsecretarios de Seguridad y de Finanzas, alcaldes y mandos locales. Es decir, no estaríamos hablando de una manzana podrida, sino de todo un huerto institucional contaminado. 

Y mientras eso ocurría, la familia Rocha exhibía viajes, propiedades, autos y gastos difíciles de explicar con una carrera de servicio público. Claro, nadie es culpable solo por vivir bien. 

Pero cuando se gobierna un estado tomado por el crimen y al mismo tiempo se presume una vida de lujo, la pregunta es inevitable: ¿de dónde salió tanto dinero?

El segundo caso es Adán Augusto López, exsecretario de Gobernación y hoy senador. 

Diversos reportes periodísticos lo colocan como figura relevante en una presunta red de huachicol fiscal: contrabando de combustibles, empresas fachada, lavado de recursos y operadores en aduanas, puertos y gobiernos estatales. 

Nada menor. Hablamos del hombre que tuvo en sus manos la gobernabilidad del país. 

Y, mientras tanto, su imagen pública tampoco ayuda demasiado al cuento franciscano: resorts de lujo, prendas de marca y un estilo de vida que no parece precisamente sacado del manual de austeridad de Morena. 

Ya se sabe: en la 4T la pobreza es una virtud… siempre que la practiquen los demás.

El tercer foco está en los hermanos López Beltrán, especialmente José Ramón, convertido ya en emblema viviente de la distancia entre el sermón y la realidad. 

Primero fue la famosa “Casa Gris” en Houston, vinculada a un contratista de Pemex. 

Después vinieron imágenes en boutiques exclusivas, hoteles de playa de altísima gama y vacaciones que la mayoría de los mexicanos solo podría pagar reencarnando varias veces. 

A eso se suman señalamientos recientes sobre presuntas relaciones con negocios petroleros bajo escrutinio internacional. Nada de esto sustituye a un juez, por supuesto. 

Pero sí rompe, de manera escandalosa, el relato de la austeridad, la honestidad y la superioridad moral.

Y luego está Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, heredero político, operador interno y personaje cada vez más incómodo para Morena. 

Diversos reportajes lo han colocado en el radar por supuestas relaciones con redes de huachicol y empresarios beneficiados al amparo del poder. 

Paralelamente, se le ha documentado en círculos empresariales, viajes y ambientes que contrastan bastante con la imagen del hijo austero de un presidente que decía combatir el influyentismo. 

La pregunta política es directa: ¿cómo una familia que presume distancia frente al privilegio acumuló tanto acceso, tantas relaciones y tanto confort sin ofrecer explicaciones claras?

El hilo que une estos casos no es solo la sospecha penal. 

Es la ostentación. Rocha Moya, Adán Augusto y los López Beltrán pertenecen a una élite que llegó al poder prometiendo no parecerse a los de antes, pero terminó viviendo como si México fuera una herencia familiar. 

Hablaron de honestidad, pero se rodearon de escándalos. 

Predicaron austeridad, pero descubrieron el encanto de los resorts, las boutiques y las casas en el extranjero. Condenaron la corrupción, pero ahora aparecen una y otra vez cerca de las rutas del dinero inexplicable.

La justicia estadounidense podrá tardar en probar delitos, si es que logra probarlos. 

Pero ante la opinión pública ya hay algo evidente: muchos de los que prometieron regenerar la vida pública terminaron convertidos en caricatura de aquello que decían combatir. 

Y si, en verdad, no son narco-políticos, hacen todo lo que está en sus manos por parecerlo.

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