En política hay parentescos que se presumen cuando convienen y se desconocen cuando llegan los problemas. Morena parece estar empeñado en demostrarlo con Guadalupe Taddei.
Durante años, su llegada a la presidencia del INE no representó mayor problema para el oficialismo; de hecho, lo celebraban de una u otra manera, porque sabían que con ella tenían el control del Instituto.
Ahora, cuando las investigaciones sobre presuntas irregularidades en su administración amenazan con convertirse en un escándalo mayúsculo, no pierden la ocasión para negar la paternidad política.
Sheinbaum y su séquito emplean argumentaciones que son parcialmente ciertas: Taddei llegó mediante una insaculación y su trayectoria electoral comenzó mucho antes de que Morena existiera.
Pero esa explicación omite circunstancias fundamentales. En 2023, la mayoría oficialista prefirió llegar a una tómbola antes que construir acuerdos con la oposición.
Y entre los cinco perfiles seleccionados para disputar la presidencia del INE había varios con vínculos conocidos con Morena. El azar decidió quién salió, pero no quiénes estaban dentro.
Lo que resulta todavía más difícil de explicar es lo ocurrido después.
En octubre de 2024, Morena y sus aliados aprobaron una reforma que otorgó a Taddei facultades extraordinarias para designar directamente a directores ejecutivos y titulares de unidades técnicas. Antes necesitaba el respaldo del Consejo General.
Se debilitó así el carácter colegiado de una institución diseñada precisamente para evitar la concentración del poder. La Taddei del presente, no la del 2014, fue concebida por el oficialismo, ahora sabemos, a su imagen y semejanza. Por mucho que lo quieran negar.
Eso se confirma, además, porque están los vínculos familiares. Su primo Jorge Luis Taddei coordinó la campaña de López Obrador en Sonora y fue delegado del Bienestar.
Su sobrino Pablo Daniel dirige LitioMX, que no produce otra cosa que no sea la nómina, con toda puntualidad.
Está también, Ivana Celeste que fue diputada de Morena y su hijo Luis Rogelio trabaja directamente con el gobernador Alfonso Durazo. Son relaciones documentadas.
Aunque ningún parentesco demuestra por sí mismo una irregularidad, tampoco puede pretenderse que semejante cercanía política resulte irrelevante; menos, para un cargo que implica total imparcialidad.
A ello se suman las decisiones controvertidas de su gestión y las investigaciones sobre proveedores electorales.
La UIF anunció el bloqueo preventivo de cuentas vinculadas con una red de contratistas y presentó una denuncia ante la Fiscalía.
Las responsabilidades todavía deben acreditarse. Pero las explicaciones deben incluir tanto las contrataciones investigadas como las decisiones institucionales que facilitaron la concentración de facultades.
Morena tiene razón en algo: Taddei no era su militante y cada funcionario debe responder individualmente por sus actos.
Lo que no puede hacer es utilizar esas verdades parciales para borrar su propia responsabilidad política.
Porque una cosa es no tener credencial partidista y otra muy distinta carecer de vínculos con el poder.
La pregunta no es solamente qué hizo Guadalupe Taddei, sino por qué Morena consideró conveniente darle tanto poder y ahora pretende desconocer cualquier responsabilidad por sus consecuencias.
La independencia electoral no se acredita con una tómbola, ni la responsabilidad política desaparece mediante un comunicado o un ataque de verborrea en la mañanera.
Taddei fue creación de Morena; e insisto, la hicieron a su completa imagen y semejanza.