La forma de mejorar a una sociedad está basada en el prestigio de cada uno de sus componentes.
El buen nombre está en la trayectoria, la vida social y profesional que se ha forjado a través de los años. Los ejemplos son más sonoros que una currícula; lo que se es suena más fuerte que lo que se escribe.
Así como se cuidan y defienden los derechos, la libertad y las ideas políticas, está a la par el exigir prestigio y solvencia moral.
Hay aspectos de la actividad en donde esa solvencia debe tener un peso específico, como, por ejemplo, en la política, la educación y la profesión.
Por ello, los antiguos filósofos griegos pregonaban que deben ocupar los cargos los sabios y los éticos, por constituir garantía de buen fin y de su actuación.
Es cierto que tiene mucho peso la trayectoria educativa y la experiencia, pero si ello no va aunado al prestigio, poco o nada se puede aportar al mejoramiento de la sociedad.
Por la carencia de esos valores es que algunos sectores no gozan de prestigio, y para ello existen organizaciones que encuestan con las preguntas de qué instituciones o profesiones y qué tanto prestigio poseen. Qué pena, pero la clase política está en los últimos lugares.
La solvencia moral es esencial en el campo profesional de la medicina, en la vida religiosa y en el de la docencia; sin ese valor, las personas en esos campos deben ser expulsadas por la enorme afectación a la desviación de los objetivos, que devienen en el desprestigio y frustración de los receptores de esa actividad.
Los médicos y los religiosos que se aprovechan de la buena fe y creencia de las personas dan al traste con los propósitos de esa actividad. Los profesores no comprenden que las alumnas van a la escuela a aprender para mejorar y no para ser seducidas. El obispo, el rector o el director hospitalario es el primer responsable de velar por la purificación del ambiente en pro del prestigio institucional.
Las personas que frustran el propósito de su desempeño deben quedar marginadas del campo; hay quienes, no obstante ser indignos de ocupar un cargo, lo aceptan graciosamente, pero luego resulta que sus antecedentes no lo avalan o bien se aprovechan de la posición para medrar egoístamente.
Algunas personas aceptan un cargo a sabiendas de que no lo merecen. Eso es faltar a la ética y opaca el prestigio de la posición.