En nuestra región se ha vuelto popular el uso del término “líder, liderazgo”, especialmente en el campo de la política, porque algunos partidos se dieron a la tarea de la formación de células sociales, promotores del voto, supervisores electorales, y toda persona necesaria para la vinculación de los partidos con las masas populares.
De esa circunstancia nació la palabra que ahora se analiza.
Sin embargo, esa función transitoria o permanente circunscrita al llamado “control de grupos”, desvirtuó grandemente con el término ante propósitos pragmáticos, dado que el concepto tiene otras acepciones, especialmente en el campo de la administración empresarial y en relación al medio laboral, las relaciones de trabajo entre el nivel supervisor y quienes realizan las tareas, es decir, el nivel operativo.
La definición clásica nos dice que “el liderazgo es el conjunto de habilidades que permiten a un individuo guiar, influir y motivar a un grupo para alcanzar objetivos comunes. Un líder es capaz de inspirar y generar un cambio positivo en diversos contextos, ya sea una empresa, una familiar, una organización, equipo deportivo o una comunidad”.
Como se observará, el líder no solo toma la iniciativa para emprender acciones, sino que también gestiona, evalúa y ajusta las estrategias según sea necesario. Se destaca por su experiencia, conocimientos y desempeño, por lo que suele convertirse en un modelo a seguir para quienes lo rodean.
Pero en este concepto se incluye una característica esencial: la honestidad y su capacidad de delegar, su capacidad de escuchador y su interés en el progreso de los subordinados . Es notable el contraste con el tipo de líder acuñado por la tradición oral, y hasta cierto punto, con acento peyorativo.
Además de que la labor de un verdadero líder es permanente y no esporádica, sin el uso de estímulos económicos o materiales, como la entrega de bienes de consumo o materiales útiles en el hogar.
En nuestra zona, se hicieron populares los “desayunos de unidad”: se invitaba a los votantes el día de las elecciones a una comelitona tempranera para dar las orientaciones finales y recordarles su compromiso con el o la candidata. Después del triunfo se ofrecía un agasajo.
Así que todos contentos al cumplir con la misión, pero obviamente, no se trataba de una labor de liderazgo, sino de conducción a un acto electoral a cambio de obtener algún beneficio, que incluía quizá algún empleo y a distancia, un cargo.
Tan evidente fue la permanencia y éxito del sistema, que en cuanto ya no se tuvo acceso a los recursos económicos…. Se extinguieron los liderazgos de este tipo. Además, el o los candidatos no estaban muy convencidos de “invertir” en los gastos de su campaña, ante la duda de ganar en las votaciones y de recuperar su “inversión” ya como gobernante o legislador.