“Oh cuidar lo fugaz bajo el sol”… un poema de Watanabe lo explica así: sostener la vida con las manos es como ser guardián del hielo en pleno sol y mirarla derretirse entre los dedos. Con tal misión conviene entonces vivir sin intentar retener el instante. Vivir consiente de la finitud inútil del día, de los días. Vanidad de vanidades, pues.
Y estas últimas tardes de otoño el sol ha sido así: implacable, constante, dorado, como la llama de una vela que tibia ilumina apenas lo necesario para hacer evidente lo que hay en una habitación oscura, la noche.
Recuerdo la luz así en un Día de Muertos algunos años atrás. La cera de las veladoras derramada sobre el mantel de una mesa bien puesta: dulces, mole, pan, cigarros, botellas de Coca-Cola, y las flores, ¡las flores! El esplendor ámbar del fuego cubriéndolo todo con su silencio santo.
Estábamos en Huejotzingo y en ningún otro lugar o altar he visto lo que ahí: además de la ofrenda para las almas, había un vestido para los muertos. Era de una difunta aquel atavío elegante que debió ser su favorito o el mejor de su armario, un vestido bordado de canutillo negro, pesado, poco usado.
Es bien sabido que cada 2 de noviembre, al menos en México, los muertos (los nuestros) tienen permiso de volver. Cansados del viaje desde el inframundo buscan alimento, agua, pan y sal. Gran gesto este de ponerles ropa, la más bella, y una palangana de agua fresca para alistarse y sentarse juntos al festín del más acá.
Con el destello reflejando en mis ojos me preguntaba si los muertos se arrepienten de no ponerse más las prendas y accesorios que guardaron para momentos más especiales que nunca llegaron. Si valió la pena esconder entre cajas y alcanfor la ropa de fiesta cuando la fiesta ya era estar vivos.
Si el tiempo en el más allá está congelado. Y si alguna vez se entregaron al milagroso instante del amor reinando, verdadero y único como el sol mientras aún podían sentir su calor. Ese es nuestro llamado “a cumplir con la vida”.