Hay decisiones que se presentan como técnicas, pero en realidad definen cómo vivimos. En esta columna voy a escribir desde ahí: desde la relación entre poder y vida cotidiana en las ciudades.
México no tiene un problema de planeación urbana. Tiene un vacío de poder en los territorios metropolitanos donde transcurre la vida cotidiana. Ese vacío se hace evidente cuando se intenta responder una pregunta básica: quién decide —o quién deja de hacerlo— sobre lo que nos afecta todos los días.
La dimensión del fenómeno es clara: casi dos de cada tres personas vivimos en una metrópoli, pero seguimos gobernando como si no existieran. De las 74 zonas metropolitanas del país, prácticamente ninguna cuenta con capacidades reales para decidir como una sola ciudad. En el país existen arreglos institucionales de coordinación metropolitana —entre ellos el del Área Metropolitana de Guadalajara—, pero a escala nacional el desafío sigue siendo contar con capacidades efectivas de decisión para gobernar estas realidades como una sola ciudad.
Esto se vive todos los días. Metrópolis fragmentadas: cada municipio resuelve por su cuenta lo que en realidad es un mismo sistema. Esquemas distintos de manejo de residuos, vialidades que no se conectan, límites confusos donde ni siquiera es claro dónde pagar o a quién exigir. La coordinación ocurre, pero no necesariamente como una decisión compartida a escala metropolitana.
Los conflictos no reconocen fronteras administrativas. El aire, el agua, la movilidad o la expansión urbana operan a otra escala. La cuenca Lerma–Chapala–Santiago–Pacífico, por ejemplo, atraviesa múltiples zonas metropolitanas y estados, pero se sigue gestionando como si fueran piezas aisladas.
No es un vacío técnico. Es una decisión. Durante años se ha preferido discutir la delimitación de las zonas metropolitanas antes que construir quién decide sobre ellas. La desaparición del fondo metropolitano en 2019 —con todas sus limitaciones— terminó por confirmar un modelo que simula coordinación, pero sin capacidad real de decisión. Ese vacío no es ausencia de decisiones, sino decisiones que ocurren de forma fragmentada.
Si el problema es de escala, también lo es de política pública. En México no se ha construido una política de desarrollo metropolitano con enfoque territorial a la altura del peso demográfico que hoy tienen estas regiones. Las metrópolis concentran población, actividad económica y presiones sobre el territorio, pero también son el espacio donde se pueden construir soluciones a gran escala.