Cualquier gobierno cuenta con dos vías para conducir el papel pedagógico del Estado: la imposición, con todos sus usos, o a través de los límites de acordados para sus instituciones. Con espíritu brechtiano es urgente recordar obviedades: los decretos son herramientas excepcionales que se acercan más a la imposición que a la democracia. Por eso su cuidado y no aplicación a mansalva.
La pedagogía más importante en aras de la supervivencia de las sociedades está ligada a la violencia.
Éste es un país violento, pero reducir la frecuencia de la barbarie a la naturaleza nacional es olvidar que su principal contenedor es la educación. Se educa a los países a ser menos violentos por medio de la ley, pero aquí toda aproximación a ella implica sumergirse en los enramados de la relativización.
El anuncio que incorporaría formalmente la Guardia Nacional al ejército es síntoma de esa costumbre nacional, donde la práctica del derecho equivale a intentar darle la vuelta y evadir los contenedores de lo escrito.
No sé si sea útil la discusión sobre si se encontró o no, dentro los planes originales del presidente, la entrega de la seguridad pública a los militares. Hay una base poco discutible, la institución armada no es reina en ninguna democracia. Un aprendizaje que vale repetir hasta el cansancio.
Mientras el decreto sea un anuncio, no veo nada más preocupante que la concepción que tiene el presidente de la ley, de las atribuciones de los poderes y del Estado de derecho.
¿Qué pedagogía se hace cuando en la chabacanería se relativiza lo escrito en las leyes fundamentales? En la escuela de la banalización se insiste en la fórmula que deja la última palabra a la Corte, esa que no ha sido capaz de una sentencia sobre el tema del que una primera frase tampoco debió pasar la aduana de los límites institucionales. ¿Qué se hace con un país que justifica la ilegalidad?
Hay un ejercicio de servidumbre voluntaria al que han caído distintas voces públicas, que asumen con orgullo la postura poco ética de ser individuos de finales más que de principios. El nuevo clericalismo que empapa la perorata presidencial es amplificado con excusas, donde no existe ningún sentido de sacralidad del Estado.
@_Maruan