El lenguaje de la cueva

Ciudad de México /

¿Qué le puede suceder al ciudadano común en temporada de campañas?, ¿qué en una contienda como la nuestra? Una enfermedad vieja en todo espacio político es la tendencia a manipular los códigos para transitar en él. Su antídoto siempre ha sido la ética, sólo que ésta no es regulable ni puede legislarse. Se tiene o no. Se gobierna con ella o no. Aunque sea en pequeñas dosis.

El lenguaje de la adhesión es materia de los demagogos. En el espíritu de las campañas, sus simplificaciones hacen válido llamarle de cualquier forma a las crisis. Salvo crisis. Si la política tiene como objeto modificar la realidad, ellos la usan para cambiar los instrumentos que la designan hasta divorciar la comprensión entre lo que pasa de los hechos. Se entiende. Gritar la incapacidad de apagar el fuego durante un incendio no llama votos. Pero todo tiene un límite. Las llamas alcanzan a consumir más terreno del manejable. Cuando los eufemismos entregan andanadas de calor, el desastre sigue siendo el mismo.

Un par de postulados dan fe de la disociación. El presidente lamenta el asesinato de una candidata más, suma aterradora en un país cuyo gobierno insiste en la garantía de elecciones pacíficas. Los aspirantes a un cargo popular caen por semana. La mexicana es una democracia extraña. Él pide seguir adelante.

Fiel a su costumbre, el vocero de Palacio acusa de sensacionalismo a la consigna periodística del pantano. La violencia no amerita tanta preocupación como darla a conocer.

Reclaman no politizar la violencia. Por el contrario, lo urgente es politizarla. Darle carácter político por ser consecuencia de un contexto con responsables y urgencia de cambios. Se debe politizar para modificarse. Que la oposición haga o proponga lo que cree que propone o hace es otra cosa.

Hoy, la responsabilidad política es parte central en los resultados de quien ha estado en el poder los últimos años. Es de quien apenas encuentra referencias en sí. Nada del mundo de afuera.

Esa autorreferencia incesante acaso es útil para el monólogo del oficialismo. Para llevar a aquel ciudadano común a ser su propio mundo y encerrarse en él como forma de protegerse del lodo. El retórico y el violento. Ya no polis, ya no política.


  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
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