Seguimos siendo el país donde la ligereza gana muy fácilmente. Tras dos años de enfermedad, somos incapaces de relacionar en nuestro comportamiento las causas que llevan a la fatalidad. Se minimizan variantes del virus sin notar que el optimismo se convierte en herramienta de la mediocridad y termina por degradar el pensamiento.
Existen diferencias entre crisis y desastre. Lo habitual es la crisis, toda sociedad transita de una a otra hasta convertirse éstas en el estado de naturaleza que pide política para continuar, sobrevivir y quizá mejorar. Hacemos política para enfrentarnos al estado de naturaleza. A veces, a esto le llamamos civilización. La perorata de un nuevo tiempo sin crisis por delante es una falsedad tonta, sobre la cual las sociedades nos decantamos ocasionalmente para darle la bienvenida al desastre: la extrema dificultad o incapacidad de transitar entre crisis.
El fatalismo y la consciencia de fatalidad envuelven la posibilidad de nuestras acciones políticas. No es perderse en la discusión determinista del fatalismo que alimentó a la filosofía desde el estoico Crisipo a los materialistas franceses; de la relación causal de acontecimientos —dictados por divinidad o razón—, al fatalismo como instrumento de orden. Aunque sólo con la mirada fatalista se pueden ejecutar políticas que contengan los daños, por eso nos preocupamos ante cada letra griega.
La fatalidad es la desgracia. Bajo su consciencia, parte del mundo intenta contener los saldos del tercer año en pandemia. México, a pesar de su tasa de letalidad, resiste al fatalismo con la perseverancia de la insensatez. Vale ser optimista, el miedo de un padre encontrará pomadas antes que vacunas para los menores. Ungüentos para sanar. El secretario de Salud, en la mediocridad del pensamiento, receta para eludir la responsabilidad. Ni siquiera es capaz de entender la mala pedagogía en su declaración.
Palacio Nacional se aprovechó de la ingenuidad para gobernar provincianamente y ante la imposibilidad de gobernar la enfermedad con desdén, encuentra nuevas formas de engalanar ineptitud. Su propaganda diluye la aberración. Hay resistencias al fatalismo que dependen de la charlatanería institucionalizada.
@_Maruan