Bajo la idea de que una sociedad se construye en la interrelación de sus memorias colectivas, es decir, entre los hechos y su narración, hay claridad en cómo el sistema mexicano eliminó esa relación para repetir esquemas.
Si el ganador de las elecciones en el 2000 hubiese seleccionado a sus candidatos estatales a la manera del proyecto gobernante; si su relación con otros poderes, en especial la Suprema Corte, fuese la actual; o su cercanía a la institución electoral, entre otros, la continuidad del modelo político mexicano previo se habría mantenido firme. Hoy lo está. Al menos, según la memoria construida que elimina el paso del tiempo en su evocación.
Lo performativo en la última gira presidencial, las disputas internas de un partido y el juego de cicatrización hacia los perdedores no son ajenos, como tampoco lo es la corrupción en una intimidad confortable con el crimen organizado, sin importar identificaciones ideológicas.
En términos electorales, los últimos meses son resultado de un proyecto político que nunca tuvo realmente un modelo alternativo al país y buscó su incorporación al que conoció mejor.
La eficiencia del elemento identitario de una izquierda con el dejo nostálgico de una retórica revolucionaria y su espíritu militante, difícilmente comparte efectividad en el ejercicio de gobierno.
Si en una época los ánimos de la democracia liberal impulsaron la profesionalización de oposiciones, el zeitgeist anula ese terreno.
La cultura política mexicana le regaló a los últimos ocho años un bono frente a la ecuación eficiencia-corrupción. Una tolerancia a la corrupción siempre y cuando la ineptitud gubernamental no fuese excesiva. Oposición que busque profesionalizarse debe encontrar ahí alguna lectura para transformar en acción lo que hoy claramente no tiene liderazgo. Aunque no estoy seguro de que lo pueda articular sin una sensación de urgencia que es escasa en todos los sentidos.
La otra, seguir consignando, sin más, los infiernos de los que está hecha la política mexicana. No es una fácil adaptación a los tiempos lo que vemos en el obsesivo recuento periodístico sobre los nombres de quienes serán candidatos del oficialismo. Es la lógica natural de lo pequeño.