En mayo de 2020, las editoriales independientes Almadía, Era y Sexto Piso se unieron para lanzar una campaña de donación. La pandemia advertía que el cierre de librerías y la cancelación de ferias del libro podrían afectar la sobrevivencia de estos proyectos culturales. En ese momento se hablaba de más de sesenta familias afectadas, en ese sector de editoriales independientes. Conviene recordar que estas empresas hacían una invitación a adquirir libros en físico, y de esta manera reactivar la cadena del libro. La permanencia de estos sellos en el mercado editorial mexicano los consolidó como empresas culturales, con un catálogo definido y años de trayectoria. Era cumplió 66 años, Sexto Piso 24 y Almadía 21.
Las tres casas editoriales se unieron para presentar ciclos de charlas virtuales con sus autores. En medio del encierro, toda actividad aportaba para promocionar libros. Seis años después, Almadía y Sexto Piso lograron resistir la embestida económica, la inequidad que padecen los libros editados en México frente a los títulos de las trasnacionales, entre otras circunstancias que afectan al mercado editorial independiente.
En su momento, el sello Joaquín Mortiz que también dio aportaciones importantes a las letras mexicanas fue adquirido por Planeta. Nadie lamentó que la editorial de don Joaquín Díez Canedo terminara siendo una colección más en los tentáculos de Planeta.
El destino de Era quizá sea otro, acaso porque no corrió con la misma suerte que Joaquín Mortiz o porque, como indicaron los directivos, no lograron detener la caída drástica de ventas (hasta 25 por ciento de lo habitual) a causa de la pandemia. ¿Qué hicieron las otras editoriales, más jóvenes que Era, para subsistir a esta crisis? ¿Afectó que los autores con más ventas decidieran irse, ellos o sus herederos? ¿Los números rojos de la pandemia se hubieran detectado desde 2023 y no hasta ahora? Son algunas de las preguntas que surgen.
Tras la filtración de un comunicado de Era que causó revuelo en el medio cultural, siguió otra versión anunciando que no cerrarían sus puertas sino que reducirían al mínimo su producción. Luego vino el mensaje de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, de apoyar a la editorial. Mientras se instala una mesa de diálogo entre ambas partes, cuya finalidad es el rescate del proyecto cultural, la primera medida anunciada es la venta de libros en el Conjunto Cultural Los Pinos, los días 29 y 30 de agosto.
Desde que se dio a conocer esa desafortunada noticia, varios lectores iniciaron un recuento de cómo había sido su formación a través de las páginas de Era. Se abordó la evolución de la editorial, la insustituible presencia en el diseño a cargo de Vicente Rojo, las coediciones, los grandes y emblemáticos títulos. Durante el siglo XX, Era se posicionó con nombres como Lezama Lima, Octavio Paz, Augusto Monterroso, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Leonora Carrington, Juan García Ponce, Inés Arredondo, José Carlos Becerra, por mencionar algunos autores de indiscutible calidad literaria, al margen de compromisos editoriales. Acaso siempre es más cómodo mirar al pasado, experimentar una nostalgia que en estos momentos parece más un lugar común, sin que esto se preste a demeritar la obra de los antes mencionados.
¿Qué libros recomendaría conseguir en esta venta que se realizará próximamente? La poesía y el ensayo son los géneros literarios que tienen menos posibilidades de ser publicados, porque a las empresas les arrojan menos ganancias; eso dicen. Sin embargo, una característica de la línea editorial en Era ha sido apostar por la poesía, por esa vertiente cuidada que ostenta nombres que van desde David Huerta a Antonio Deltoro, Fabio Morábito y Elsa Cross. Quiero detenerme en esta última autora, porque sin ella el catálogo de Era, en el primer cuarto del siglo XXI, no sería lo mismo.
Un rasgo distintivo de Cross ha sido su permanencia en esta casa editorial, su andar con pasos firmes, siempre en concordancia con su poética. Hace falta un volumen que reúna El vino de las cosas (2004), Bomarzo (2009), Insomnio (2016), Nepantla (2019), Isla negra (2023), Tu otro nombre (2025) y que se añada el rescate de Baniano (1986), el libro que pudiera considerarse su profundo acercamiento a la poesía mística; se trata de la transformación que vivió la autora durante una estancia en el ashram de su maestro Swami Muktananda en Ganeshpuri, India. Como en su momento lo hizo Saint-John Perse al escribir bajo la sombra de un baniano, Cross hace lo suyo inspirada por la naturaleza en sus distintas dimensiones, desde enormes arboles hasta diminutos insectos y aves. La poesía de Elsa Cross cruza un horizonte luminoso que se enriquece con el paso del tiempo.
Imposible no reconocer que Insomnio es una pieza magistral, un homenaje a Muerte sin fin de José Gorostiza, no sólo porque incorpora uno de sus versos en la tercera línea del poema sino porque, el no poder conciliar el sueño en tres días remite a una agonía, un estado de desasosiego, como lo describe Gorostiza en sus altos vuelos, a partir de un vaso con agua.
Alguna vez Salvador Elizondo explicó que lo que le interesaba de El cementerio marino de Paul Valery era el orden que estableció para hablar de la naturaleza. En ese sentido, Elizondo observa en el poeta francés a un naturalista obsesionado con la evolución de la vida. Así lo hace Cross, con suma paciencia elabora un repaso comparativo sobre la experiencia de no poder dormir. Forja una evocación que va desde organismos unicelulares, pluricelulares hasta rocas. Se vale de gatos, murciélagos, arañas, borregos, cuervos, gusanos, hormigas, yeguas, ballenas, estorninos, serpientes, abejas, culebras, erizos de mar; es decir, toda una zoología real y quimérica que deambula en la noche eclipsada y atroz.
Sitiada en su epidermis, la poeta recurre al doble significado de Golconda. Por un lado, se refiere a una ciudad abandonada, una fortaleza antigua que se encuentra en la India; es una zona arqueológica de los siglos XVI y XVII, con una arquitectura impresionante. Y, por otro, remite a un cuadro de Magritte, en donde aparece una lluvia de hombres grises a punto de caer en un patio.
En este libro la poesía se materializa como canto, espiral sin retorno, descenso al abismo; es la voz que describe y palpa, toma lo necesario para ir más allá y enfrentar entelequias de un espíritu al borde de un precipicio al margen de la gesticulación desbordada. El tiempo en donde todo es posible menos conciliar el sueño, la poeta lo compara con el infierno de Dante.
La voz de la escritora fluye sin impostaciones; inicia suave, mas se torna ácida porque el insomnio perturba, hace ingresar en un estado de conciencia diferente y percibir otra cara de la realidad. El insomnio atormenta, pero también teje, ata y desata ideas. Es la araña a la que se refiere Cross, el zumbido persistente, el aleteo de una mosca que sobrevuela en la habitación, la yegua de la noche que también podría interpretarse como una pesadilla. El insomnio muestra un fracaso que conduce directamente a la desesperación.
Como en otros libros de Cross, hay un guiño de admiración a López Velarde cuando menciona “El duelo en celo de los gatos/ que forja una patria espeluznante”. Figura también una referencia al poema Gracias, niebla de Auden, cuando decide abordar los distintos matices de la bruma: “La noche va vaciando/ sus contornos/ acaeciendo en su trampa mortal/ en su trono de nada/ mientras la niebla encubre/ una condena del infierno/ un asalto feroz/ ingentes bestias/ Y entre la niebla y la visión/ se alza/ el cálculo de las tinieblas”.
El rezo es parte de esta memoria en vela, un zumbido que desata. Porque “el insomnio proyecta sus demonios contra el muro”. La oración espeluznante, formulada por Cross, hace que coincida con Gorostiza, quien también reza a su manera y explora la presencia de Dios, el hombre, el universo y el agua en su poema filosófico.
“Y el insomnio alza su cola de ballena/ crea un vacío/ antes de trastornar/ el orden espantadizo/ de la noche”, escribe Cross, una autora entregada a su oficio, quien se nutre de filosofía, orientalismo, arte y maestros de vida. No suele perder el tiempo en cabildear premios ni distinciones, los posee y llegan a ella por la solidez de su lírica, impregnada de referentes culturales y de silencios que invitan a la reflexión.
Que la amenaza de quiebra para Era se aleje, acaso como la nube negra de los estorninos que perturba el sueño de Elsa Cross.