“Donde se encontrara ella, ahí estaba el Edén”: es la frase que Mark Twain (Florida 1835, Connecticut, 1910) hace decir a Adán en sus diarios. La edición que circula de la UNAM es traducida por Ana García Bergua. El libro, aunque ya se conocía al castellano, es muy probable que no contara con una versión en México.
Llaman la atención varios asuntos de este texto que puede ubicarse como una rara avis. En 1906, año de publicación de Los diarios de Adán y Eva, también se dio a conocer Las fuerzas extrañas, un compendio de relatos del escritor argentino Leopoldo Lugones. Me refiero a Lugones porque este libro a través del tiempo ha sido considerado un parteaguas en la narrativa latinoamericana, en especial porque aborda de manera inusual temas de la ciencia, la religión, la filosofía, el ocultismo, la muerte y el aprecio por la naturaleza. En ese sentido, la prosa de Lugones, experimental en su momento, apunta hacia una originalidad; además condensa una visión adelantada a su época. Pienso en Lugones por la forma que tiene de mirar pasajes del antiguo testamento, reinventar el mito y, en consecuencia, ubicar la historia en el desarrollo de la modernidad. También Yourcenar es otra autora que no se conforma con retos medianos o comunes, sino que siempre se propuso desarrollar libros que le implicaran una entrega total en cuerpo y alma. Así convoca a personajes literarios e históricos de la antigua Grecia o de Roma. Amalgamar es lo que hacen Lugones, Yourcenar, Twain y, en México, Esther Seligson, por mencionar algunos. Y, claro está, en Twain se halla la referencia a lo hecho por Milton en su magistral Paraíso perdido (1667).
Twain elige un tema conocido por todos, el Génesis, para desarrollar su visión particular sobre la vida cotidiana entre Adán y Eva. Y para lograrlo recurre a una serie de monólogos que, aterrizados en un contexto contemporáneo, resultan ser una crítica social e ideológica en un momento en que Estados Unidos se preparaba para ingresar de lleno a la Revolución industrial.
Lo hecho por el narrador estadounidense puede mirarse como un divertimento, una sátira, un acercamiento irónico para realizar un escrutinio de quienes fueron el primer hombre, la primera mujer, y sus hijos. Twain ofrece un acercamiento sociológico a la forma de ser de los varones y las féminas que contrasta con la idea romántica e idílica expuesta por Jaime Sabines en Adán y Eva (1952): en su prosa se deslizan acompañamientos, asombros, acuerdos, éxtasis en medio de la naturaleza.
García Bergua hace referencia a la introducción de Ursula K. Le Guin al libro de Twain, que publicó la Universidad de Oxford, en 1996. Desde la mirada de Le Guin, el escritor simpatizaba con “las sufragistas y con la idea de una nueva mujer en el tránsito del siglo XIX al XX”. Reflexiona Le Guin: “Eva es la intelectual en el paraíso, Adán el campesino ignorante. Ella es salvajemente curiosa y quiere aprender todo, nombrar todo. A Adán nada le provoca curiosidad, seguro de que sabe lo que necesita saber. Ella quiere hablar, él quiere gruñir. Ella es sociable, él es solitario. Ella se enorgullece de ser científica, aunque se inclina por sus teorías preferidas sin probarlas, su método es puramente intuitivo y racional sin sombra de empirismo. […] Su anarquismo amoroso arruina el Edén despreocupado, autosuficiente y autoritario de él, y lo salva”.
Leer a Twain, con su ácido humor, es una bocanada de aire fresco ante la solemnidad de las mesas de novedades.