Columna de Mauricio Flores

La biblioteca de Umberto Eco

Mauricio Flores

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Puedo imaginarme la biblioteca de Umberto Eco.

Descomunal, bien organizada, dispuesta a los diferentes intereses lectores.

Clásica y contemporánea.

Literaria, científica, filosófica, humanista.

Con ediciones ilustradas, autógrafas, cartonés, enciclopédicas, príncipe, incunables y muchas más.

Miles y miles de libros, bien los caracteriza Irene Vallejo, siempre “imprescindibles, pequeños, frágiles, a veces criminales, casi siempre salvadores”, como son desde su nacimiento, hace ya tanto tiempo, una memoria vegetal.

Una nueva y acertada definición de los libros, eternos cófrades del italiano, que en forma de memoria vinieron acompañar a la invención de la escritura, y a un tiempo objetos en los que buscamos permanentemente “una persona, una manera individual de ver las cosas”, y con ello a nosotros mismos.

De Umberto Eco (¿será necesario recordar aquí la acumulación de grados académicos y reconocimientos internacionales; los muchos títulos divulgados en filosofía, semiótica y ficción?) acaba de publicarse La memoria vegetal, reunión de una cuarentena de textos en torno al libro, “seguro de vida y pequeño anticipo de inmortalidad”, de acuerdo al también autor de El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault.El péndulo de Foucault.

En traducción de Helena Lozano (La memoria vegetale e altri scritti di bibliofilia), los breves ensayos ofrecen un recorrido por la larga historia del libro haciendo escalas de erudición (constante en toda obra del autor) en prácticas, creadores, títulos y perspicaces anécdotas. Suma que tiene como resultado una historia general del ejercicio de leer.

Algo que observado en perspectiva, diferentes los tiempos y los espacios, dice el autor, constata la derrota a la “edad del decline of literacy”. Y es que “nunca se ha publicado más que en nuestra época, y nunca como hoy en día están floreciendo librerías que parecen discotecas, llenas de jóvenes que, incluso cuando no compran, hojean, miran, se informan”. (¿Cuáles habrían sido las consideraciones de Umberto Eco acerca de la lectura, multiplicada en sus diferentes versiones, durante esta ya extendida pandemia planetaria?).

Fueron otros los dilemas de Umberto Eco, al menos los esbozados en estos textos recuperados, y entre ellos “el problema de la abundancia de libros” y “el cómo educarnos para elegir”. Para el italiano la clave del criterio de selección se encuentra en algo sencillo, y que tiene que ver con la decisión del lector de desprenderse de tal o cual libro, tras haberlo utilizado.

“Tirar un libro después de haberlo leído es como no desear volver a ver a una persona con la que acabamos de mantener una relación sexual. Si eso sucede, se trataba de una exigencia física, no de amor. Y sin embargo, hay que conseguir establecer relaciones de amor con los libros de nuestra vida. Si uno lo consigue, eso quiere decir que se trata de libros que se prestan a una amplia interrogación, hasta tal punto que cada relectura nos revela algo distinto —escribe Umberto Eco, acaso jocosa, sin duda convincentemente—. Se trata de una relación de amor porque justo en el estado de enamoramiento los enamorados descubren, con alegría, que cada vez es como si fuera la primera. Cuando descubrimos que cada vez es como si fuera la segunda, ya estamos preparados para el divorcio o, en el caso del libro, para el cubo de la basura”.

La memoria vegetal, ya el quinto título de Umberto Eco (1932-2016) publicado de manera póstuma, será para el lector una revelación y una presencia. Un objeto, es cierto, como todo libro, acota el propio autor, pero “amado no solo por lo que dice, sino además por la forma en que se presenta”. Como también una obra de guiños (“tener la Biblia de Gutenberg sería como no tenerla”, “el bibliómano roba libros”, “al bibliófilo no le asustan ni internet ni los CD ni los e-books”, “otros enemigos de los libros: quienes los esconden”, “por amor a un hermoso libro estamos dispuestos a cualquier bajeza”) a la que volveremos como a una relación de amor.

Mauricio Flores


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