M+.- La captura de Nicolás Maduro en Venezuela, el conflicto armado entre Estados Unidos, Israel e Irán y los fuertes terremotos registrados en Venezuela y Colombia han hecho de 2026 un año marcado por la incertidumbre. Aunque se trata de acontecimientos muy distintos, tienen algo en común: sus consecuencias económicas trascienden las fronteras. Un conflicto puede encarecer el petróleo, mientras que un terremoto puede interrumpir la producción y el transporte de mercancías. Con el tiempo, estos efectos se reflejan en los precios de los productos, el empleo y el presupuesto de las familias.
Ante este panorama surge una pregunta: ¿cómo pueden los gobiernos evitar que un acontecimiento se convierta en una crisis económica prolongada? Esta interrogante permite comprender la relevancia del coloquialmente llamado Premio Nobel de Economía de 2026, otorgado este 12 de octubre a los profesores estadounidenses Robert E. Hall, de la Universidad de Stanford, y Michael Woodford, de la Universidad de Columbia.
El reconocimiento destaca una idea que parece sencilla, pero que transforma la manera de estudiar la economía: para comprender lo que ocurre en un país no basta con observar indicadores generales, como la inflación o el crecimiento económico. Es necesario entender cómo reaccionan las personas y las empresas ante los cambios en su entorno. Después de todo, el comportamiento de la economía es resultado de millones de decisiones cotidianas.
Pensemos, por ejemplo, en un aumento inesperado del precio de la gasolina. Ante esta situación, una familia puede reducir sus salidas o aplazar la compra de un electrodoméstico. Una empresa de transporte puede elevar sus tarifas y un pequeño negocio puede posponer la contratación de personal. Aunque ninguna de estas decisiones modifica por sí sola el rumbo de un país, cuando se repiten a gran escala pueden reducir el consumo, frenar la inversión y afectar el empleo. Así, un acontecimiento que parece lejano o aislado repercute localmente.
Las investigaciones de Hall ayudan a explicar parte de este fenómeno. Sus trabajos demostraron la importancia de las expectativas sobre los ingresos futuros en las decisiones de consumo y ahorro de las familias. Por ejemplo, cuando las personas temen perder su empleo, pueden comenzar a reducir sus gastos incluso antes de que sus ingresos disminuyan. De esta manera, la incertidumbre puede generar consecuencias económicas mucho antes de que una crisis alcance su punto más grave.
Por su parte, Woodford estudió la manera en que las decisiones de los bancos centrales pueden influir en esas expectativas. Cuando un regulador comunica de manera clara y creíble sus decisiones sobre las tasas de interés, puede contribuir a que las familias y las empresas tengan mayor certidumbre al planear sus gastos e inversiones. Si bien estas medidas no pueden evitar un conflicto ni reconstruir las viviendas destruidas por un terremoto, sí pueden ayudar a reducir el riesgo de que la incertidumbre agrave sus consecuencias económicas.
En el caso de México, la estrecha relación comercial con Estados Unidos y nuestra exposición a los precios internacionales propician que los acontecimientos externos afecten directamente la economía de millones de personas. En septiembre, la inflación anual fue de 3.45%, mientras que el Banco de México mantuvo su tasa de interés de referencia en 6.50%. Detrás de estas cifras existen preocupaciones cotidianas: ¿alcanzará el dinero para el supermercado?, ¿conviene solicitar un crédito?, ¿es un buen momento para ampliar un negocio?
Por supuesto, ningún modelo económico ofrece soluciones automáticas. Frente a los desastres naturales y los conflictos internacionales también se necesitan infraestructura resiliente, apoyos oportunos y finanzas públicas responsables. Además, es importante reconocer que no todas las familias y empresas cuentan con los mismos recursos para enfrentar una crisis. Por ello, las políticas económicas deben considerar que un mismo acontecimiento puede afectar de manera distinta a los diferentes sectores de la sociedad.
En este sentido, una de las principales lecciones del Nobel de Economía de 2026 es que las estabilidades económica y financiera no dependen únicamente de las decisiones de los gobiernos, sino también de cómo reaccionan las personas y las empresas, así como de la confianza que generan las instituciones. Aunque no podemos evitar todos los acontecimientos que sacuden al mundo, sí podemos comprender mejor sus consecuencias y prepararnos para impedir que se conviertan en crisis más profundas.