Se suponía que Will Lawrence, uno de los fundadores del Sunrise Movement, un grupo ecologista de corte progresista, no tenía posibilidades de ser elegido en el distrito electoral indeciso de la Cámara de Representantes en Míchigan, ocupado por un republicano, Tom Barrett. Cuando Lawrence tomó la delantera en su elección primaria, un titular en el influyente sitio político Punchbowl dijo: “La pesadilla de los demócratas en Míchigan”. La representante Hillary Scholten, una demócrata centrista del estado, le dijo a Axios: “No puede ganar”. Durante las elecciones generales, los republicanos se regodearon cuando salieron a la luz viejas publicaciones de Lawrence en las redes sociales, incluida una en la que calificaba a los hogares de familias nucleares como una “forma aislante, individualista y violenta de organizar la sociedad” y otra en la que soñaba con un mundo de “migración libre y abierta”. Me preocupaba que la izquierda pudiera haberles costado un escaño clave a los demócratas.
Pero cuando conocí a Lawrence el verano pasado en el Séptimo Distrito —un lugar de clase media mayoritariamente blanco con muchas zonas rurales y periurbanas—, él insistió en que los outsiders interpretaban mal el entorno. “La gente está cansada de estos republicanos financiados por corporaciones y de los demócratas financiados por corporaciones”, dijo. Se ganaría a la gente, argumentó, al oponerse a la guerra en Irán y, lo que es crucial, a la proliferación de centros de datos. “Detener estos centros de datos de IA ha sido un tema que ha unido enormemente a las personas de todas las ideologías políticas”, dijo.
Los comités de acción política republicanos, repletos de dinero de las empresas tecnológicas, gastaron más en contra de Lawrence que de cualquier otro candidato demócrata a la Cámara de Representantes. Los folletos enviados por correo lo llamaban “el candidato demócrata más radical de Estados Unidos” y advertían sobre la amenaza socialista. (Fue miembro de los Socialistas Demócratas de Estados Unidos hasta julio). No importó: Lawrence ganó por un poco más de 3 puntos.
El tsunami azul del martes por la noche llevó a tantos demócratas a la victoria que no podemos atribuir cada triunfo a la habilidad o estrategia del candidato, en especial uno relativamente estrecho como el de Lawrence. (En Iowa, un demócrata que había suspendido su campaña para la asamblea legislativa estatal debido a problemas de salud fue elegido de todos modos). Pero muchos de los demócratas triunfantes que inicialmente llevaban la de perder estaban unidos por su oposición a las prioridades de Silicon Valley. Prometieron hacer frente a los dominantes titanes tecnológicos que se han agrupado en torno a Donald Trump y se han arrogado el derecho de definir el futuro de Estados Unidos. Las elecciones fueron un repudio épico al presidente, pero también fueron un rechazo democrático a Silicon Valley por parte de votantes que sentían que su capacidad para escribir sus propios destinos se desvanecía.
Después de Trump, el mayor perdedor del martes fue Elon Musk, quien gastó más de 400 millones de dólares para apoyar a los republicanos. Invirtió más de la mitad de esa suma en Texas, su hogar desde 2020, cuando se fue de California por enojo ante las regulaciones y las restricciones por la covid. Más tarde trasladó la mayor parte de su imperio empresarial a Texas e incluso construyó su propia ciudad, Starbase, allí. Musk financió casi en solitario la campaña para el Senado del fiscal general de Texas, Ken Paxton, quien es ampliamente despreciado. Tuiteó obsesivamente sobre James Talarico, el oponente de Paxton, y amplificó teorías conspirativas de que Talarico estaba en un hospital psiquiátrico cuando en realidad estaba enfermo de gripe.
Talarico, a su vez, a veces parecía competir tanto en contra de Musk como en contra de Paxton. Incluso antes de ganar la nominación demócrata, arremetió contra la avaricia de Musk y dijo: “La razón por la que existe la pobreza en el país más rico de la tierra no es porque no podamos alimentar a los pobres. Es porque no podemos satisfacer a los ricos. Pero lo que sí podemos hacer es cobrar tantos impuestos a los billonarios que dejen de existir”. El mes pasado, en un mitin multitudinario en Austin —hasta hace poco un Valhalla para los emprendedores tecnológicos—, dijo que Musk intentaba comprarse el estado. “Elon Musk quiere nuestra tierra”, dijo Talarico. “Quiere nuestra agua. Quiere el dinero de nuestros impuestos. Quiere su propio senador personal de Estados Unidos”.
No fue solo Talarico. Gina Hinojosa, la representante estatal demócrata que sorprendió al mundo político al desbancar al gobernador de Texas, Greg Abbott, hizo de la oposición a los centros de datos y al poder de los magnates tecnológicos una pieza central de su campaña. Apuntó a la relación de Abbott con Musk, cuyas empresas han recibido más de 1.6 millardos de dólares en incentivos fiscales y más de 100 millones de dólares en subvenciones gubernamentales de Texas. En octubre, Hinojosa demandó para obligar a Abbott a publicar las comunicaciones de su oficina con Musk y sus empresas. En uno de sus mítines finales dijo, sobre la relación de Abbott con Musk: “Creo que Greg Abbott está avergonzado de habernos vendido”.
Después de la ola azul del martes, las acciones de SpaceX y Tesla se desplomaron incluso cuando el mercado de valores en general se disparó. Las acciones de los operadores de centros de datos también cayeron a medida que los inversores evaluaban un clima político hostil. En todo el país, hubo más de 40 iniciativas electorales que restringirían o, a la inversa, permitirían el desarrollo de centros de datos. Los opositores a los centros de datos están en camino de ganar todas menos una. (Al parecer, las instalaciones todavía son bienvenidas en Harwood, Dakota del Norte). Mientras tanto, el Congreso prepara investigaciones sobre los magnates de la tecnología que han pasado los últimos dos años adulando al presidente y, lo que es más importante, untándole las manos. En X, en respuesta a un llamado a realizar “juicios televisados en vivo a ejecutivos de las grandes empresas tecnológicas”, el senador Ed Markey, demócrata por Massachusetts, escribió: “Van a necesitar plantar nuevos bosques para todas las citaciones que vamos a imprimir”.
El miércoles, volví a hablar con Lawrence y le pregunté qué les diría a los demócratas, quienes, según mis previsiones, pronto recibirán propuestas de una industria tecnológica que se volverá más conciliadora.
“Yo les diría: ‘Tengan cuidado’, porque estos oligarcas tecnológicos son tremendamente impopulares”, dijo. “Si queremos ser un partido de la clase trabajadora, estos son los Rockefeller y los Carnegie de nuestros días. Estas son las personas más ricas y poderosas que están acostumbradas a operar con total impunidad, y hay que ponerles freno”.
Los demócratas salieron de las elecciones intermedias con el mandato de hacer precisamente eso.