Las fortalezas de la delincuencia organizada originalmente se centraban en el poder de fuego, para hacer daño especialmente a sus rivales y a la capacidad de recursos económicos especialmente aquellos para corromper autoridades. Hoy el panorama luce mucho muy lejano a ello pues los delincuentes se han convertido en verdaderos especialistas en actividades que requieren personas preparadas para poder ejecutar operaciones necesarias que permitan el funcionamiento de sus redes y negocios.
Los grupos delictivos especialmente aquellos dedicados a operaciones transnacionales cada vez tienen más capacidad para contratar, incorporar o desarrollar especialistas capaces de convertir una actividad ilegal en un negocio con procesos industriales, logística, financiamiento y mercados.
Un ejemplo es el huachicol pues la imagen del delincuente que roba combustible con una manguera conectada clandestinamente a un ducto comienza a quedarse atrás y vaya que éste proceso requiere conocimientos técnicos necesarios; pero ahora los centros de procesamiento asegurados recientemente en San Luis Potosí, Hidalgo y Morelos muestran una realidad distinta: instalaciones con tanques industriales, líneas de producción, maquinaria, sustancias químicas, sistemas de almacenamiento y grandes volúmenes de hidrocarburos.
Para que estos centros funcionen se requieren capacidades técnicas para transformar materias primas y generar un producto susceptible de llegar al mercado, mientras detrás de esa operación necesariamente tiene que haber una cadena de abastecimiento, transporte, almacenamiento y comercialización.
El crimen organizado contemporáneo se parece cada vez menos a una banda y cada vez más a una empresa criminal transnacional, aunque opere al margen de la ley y utilice la violencia como uno de sus mecanismos de control. Necesita contadores para mover dinero, abogados, ingenieros y técnicos para determinados procesos, operadores logísticos para transportar productos y personas capaces de identificar dónde están las vulnerabilidades de las instituciones.
También requieren personas que sepan cómo importar una materia prima, esconder su verdadero origen, reducir artificialmente su valor fiscal, transportarla, transformarla y colocarla en el mercado se requiere una cadena de decisiones mucho más compleja que la que supone simplemente robar un ducto. Cada eslabón puede estar en manos de personas distintas y no necesariamente todos conocen la dimensión completa de la operación.
Mientras las instituciones suelen estar organizadas por competencias y jurisdicciones, las organizaciones criminales pueden operar por procesos. Una persona se ocupa de conseguir la materia prima, otra de la documentación, otra del traslado, otra de la transformación y otra del dinero. El resultado es una estructura que puede sobrevivir incluso cuando algunos de sus integrantes son detenidos.
El caso de los hidrocarburos es particularmente ilustrativo porque el negocio puede comenzar mucho antes de que aparezca una gota de gasolina en una estación de servicio; sii una materia prima ingresa mediante mecanismos fraudulentos, el margen de ganancia puede generarse desde la importación y ampliarse con cada etapa posterior de la cadena.
Pero la especialización criminal no significa que los delincuentes se hayan vuelto invencibles. Significa que el Estado enfrenta organizaciones capaces de dividir el trabajo, aprovechar conocimientos profesionales y operar simultáneamente en distintas jurisdicciones y mercados.
El reto ya no es solamente desmantelar una banda se trata además de desarticular una cadena empresarial completa; y para hacerlo habrá que entender que, detrás de cada tanque, cada contenedor y cada cargamento ilegal, hay mucho más que un grupo de delincuentes: existe una estructura con especialistas, financiamiento, logística y conocimiento suficiente para convertir el delito en una industria.