Negligencia vial

Hidalgo /
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Leía los resultados de la prueba PISA para nuestro país y me puse a pensar que, si se nos aplicara una similar en educación vial, seguramente nos iríamos al sótano. Y es que vivimos en las calles una verdadera jungla, donde la normalización de la infracción, si es que se aplica antes la mordida, es el pan de cada día.

Pasarse un alto, estacionarse en doble fila, invadir pasos peatonales, circular por el acotamiento, usar el celular o exceder los límites de velocidad son conductas que ya dejaron de percibirse como excepcionales. En este último punto no se trata solamente de cuántos accidentes ocurren, sino de cómo aumenta la gravedad de las lesiones conforme aumenta la velocidad.

El transporte público, los peatones y los ciclistas frente al automóvil han perdido la importancia que deben tener en la pirámide invertida de la movilidad, pues existe una jerarquía cultural muy marcada: en muchas ciudades, el automóvil ocupa el espacio público y los demás usuarios deben “abrirse paso”. Eso genera conflictos particularmente graves para peatones, ciclistas y personas con discapacidad.

Seguimos privilegiando infraestructura que favorece al automóvil y deja de lado a la gran mayoría de los ciudadanos que se desplazan por otros medios, como el transporte público o la bicicleta. Cualquier intento por “restarle” espacio al automóvil en vialidades principales se toma como un ataque a los automovilistas o motociclistas, quienes justifican invadir espacios “por el congestionamiento vial”.

Y es ahí donde tiene su principal alimento la cultura del “yo primero”, donde quizá esté el núcleo del problema. La convivencia vial exige ceder, esperar, respetar turnos y reconocer que llegar dos minutos antes no vale más que la seguridad de otra persona.

Hay, además, una dimensión cultural: el automóvil no es solamente un medio de transporte; para muchas personas representa libertad, poder adquisitivo, privacidad y estatus. Eso, de hecho, dificulta las políticas que buscan redistribuir el espacio vial.

La agresión en las calles, derivada de la falta de atención oportuna a políticas de movilidad estrictas y, obviamente, de una falta de cultura vial, se traduce en claxonazos, insultos, cierres, acelerones, persecuciones y confrontaciones.  Esto muestra que el problema también es de convivencia social, de modo que el  vehículo puede convertirse en una extensión del comportamiento interpersonal.

Además, una de las paradojas más importantes es que muchas conductas peligrosas se vuelven invisibles precisamente porque se repiten todos los días. “Nunca me ha pasado nada” termina funcionando como otra justificación para continuar.

Creo que las reglas para todo usuario del espacio público no deben estar bajo negociación de ningún tipo, y menos si con ellas se fomenta la cultura vial. Dejemos de privilegiar al automóvil y no tendremos que seguir viendo imágenes de quienes invaden espacios confinados para otros medios de transporte.


  • Miguel Ángel Puértolas
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