Hidalgo siempre tuvo condiciones para ser un estado próspero: ubicación estratégica, recursos naturales, talento y vocación productiva. El problema nunca fue la falta de potencial, sino la manera en que durante años se manejaron los recursos públicos.
Por demasiado tiempo se gobernó pensando en el siguiente proceso electoral y no en el futuro del estado. Se privilegiaron decisiones de corto plazo, creció la deuda y se perdió capacidad para planear.
Por eso sostengo algo muy claro: el rezago de Hidalgo nunca fue inevitable; también fue consecuencia de malas decisiones. Y eso es lo que está cambiando.
Los resultados presentados por la secretaria de Hacienda, María Esther Ramírez Vargas, en la Mañanera del Pueblo permiten hablar de ese cambio con cifras.
Los ingresos propios crecieron 96 por ciento en cuatro años: pasaron de 4 mil 916 millones de pesos en 2021 a más de 9 mil 636 millones en 2025, sin crear nuevos impuestos ni aumentar los existentes.
Además, Hidalgo ocupó el primer lugar nacional en crecimiento del Fondo General de Participaciones, con un avance real de 8 por ciento, mientras 23 de las 32 entidades registraron una caída en esos recursos.
A esto se suma una deuda pública cercana a los 2 mil 300 millones de pesos, alrededor de 35 por ciento menor a la registrada al inicio del gobierno, sin haber contratado nueva deuda.
Pero el dato más importante es qué se hace con ese margen financiero: más de 117 mil millones de pesos de inversión mediante 104 proyectos y acciones con presencia en los 84 municipios.
Finanzas sanas no significan guardar dinero. Significan tener capacidad para invertirlo donde realmente transforma vidas.
¿Qué cambió?
No se trata de una sola persona ni de una decisión aislada. Es resultado de una política sostenida: recaudar mejor, gastar con responsabilidad, transparentar los recursos y evitar que la deuda vuelva a ser la salida fácil.
Durante muchos años, demasiadas decisiones financieras estuvieron condicionadas por el corto plazo político. Hoy la lógica empieza a ser distinta: ordenar primero para poder crecer después.
Eso no significa que todos los problemas estén resueltos. Hidalgo todavía enfrenta pobreza, informalidad, desigualdades regionales y rezagos municipales. Además, algunas cifras deberán confirmarse posteriormente en las cuentas públicas.
Pero tampoco tendría sentido minimizar lo conseguido.
Hidalgo está construyendo una capacidad financiera que durante décadas no tuvo, y eso cambia sus posibilidades de desarrollo.
La diferencia de tener finanzas sanas
El modelo es sencillo. Si un estado recauda mejor, tiene más recursos propios y puede recibir mayores participaciones federales. Si además mantiene controlada su deuda, gasta menos en intereses. El resultado es mayor capacidad para invertir en infraestructura, servicios y programas sociales.
Ese es el círculo que Hidalgo necesitaba. Porque también funciona al revés: un estado que recauda poco depende más de recursos externos; si depende demasiado, tiene menos margen para planear; y sin planeación e inversión sostenida es mucho más difícil crecer.
El desarrollo también empieza por hacer bien lo básico: recaudar mejor, gastar bien, cuidar la deuda y convertir los recursos públicos en inversión.
La vara queda más alta
Estos resultados también dejan un precedente. La ciudadanía ya sabe que es posible aumentar la recaudación sin subir impuestos, reducir deuda sin detener la inversión y fortalecer las finanzas públicas al mismo tiempo.
Y cuando una sociedad comprueba que algo sí puede hacerse, resulta mucho más difícil justificar que después vuelva a hacerse mal.
Durante demasiado tiempo nos acostumbramos a explicar el rezago de Hidalgo como si fuera una condición permanente. No lo es.
La geografía no condenó a Hidalgo. Tampoco la falta de talento o de oportunidades. Muchos de nuestros problemas fueron consecuencia de decisiones públicas equivocadas.
El reto ahora es sostener este rumbo incluso cuando las condiciones económicas sean más difíciles y vuelva la tentación de gastar pensando solamente en el corto plazo.
Si Hidalgo consigue mantener finanzas sólidas, deuda controlada y capacidad de inversión, habrá roto uno de los ciclos que durante décadas limitaron su crecimiento.
Porque dejar atrás las malas cuentas no significa solamente deber menos. Significa recuperar la capacidad de decidir nuestro futuro.