Todos los días cuando me levanto, me levanto muerta de miedo:
Ya volvieron a racionar el agua, ya están quemando basura tan temprano, el mono naranja ya está amenazando a otro país o secuestrando a otro, los genocidas con experiencia están ahorrándose las balas matando a todos de hambre y frío, las mujeres siguen siendo asesinadas en pelotones de fusilamiento por quitarse el velo, ya desapareció otra y ya van once, mi mejor amiga fue perseguida por un auto al salir de su casa y los agentes del ICE secuestraron a otra familia latina.
Pero hay algo que me impulsa siempre a seguir cocinándole a mi familia, limpiando las barras de la cocina, regando las plantas, comprando flores frescas, escribiendo, luchando y sintiendo que vale la pena seguirme llamando humana.
Todos los días veo curas de diversas religiones protegiendo a sus feligreses latinos de los racistas del ICE.
Todos los días veo a familias palestinas alimentándose entre ellas, sintiendo y tocando sus heridas similares mientras buscan reconstruirse.
Y veo a los monjes marchando y a los israelíes anti sionistas llorando de vergüenza y furia mientras gritan por todas las calles de Nueva York que matar bebés es política de Estado sionista y que no los representa a ellos ni a su fe.
Vi a cientos de miles marchando porque un tipo mató a una poeta madre de tres hijos, amada esposa, mientras trataba de detener un crimen racista con nada más que su convicción y la consciencia de lo que es correcto.
Vi a las hermanas iraníes bailando ante el fuego quemando sus símbolos de opresión como en los aquelarres que nos tocó sobrevivir generaciones antes.
Vi a otras portando su hiyab con orgullo, libertad y plenitud. Las vi eligiendo.
Vi y veo a mis colegas escribiendo sobre belleza, sobre sus hijos, sus amores y la revolución, la resistencia y estar listas para la batalla y entonces algo sucede:
La esperanza sucede.
Y ya no solo puedo ver el miedo, también puedo sentir la rabia del mundo, esa que acciona y sostiene, esa que cambia el rumbo siempre. Puedo verla, puedo alcanzarla.
Y en el grito colectivo se prepara la batalla y toma las calles y modifica el curso de la historia. Y ya no son los soldados o los policías o el ICE. Ya no es el sionismo, el racismo y la discriminación.
Ya son miles de personas llevando velas para llorar juntas, juntando dinero para Renée, buscando casa para la familia palestina desplazada, organizando ollas comunitarias para los desalojados por la fuerza en CDMX, miles quemando banderas opresoras y defendiendo la libertad de amar, de existir, de moverse en el mundo.
Todo se envuelve en esperanza cuando comprendes que el capital, sus representantes y quienes lo sostienen son tan pocos que son patéticos y débiles y mientras las masas de gente de a pie que sabe lo que es la libertad, se organiza, ellos van perdiendo más fuerza y el sistema está a punto de romperse y, por una vez, no caerá sobre nuestras cabezas, sino sobre las de ellos.
Esa es la esperanza que me sostiene mientras lavo los trastes, mientras busco la forma de sacar más dinero para llegar a fin de mes, mientras me imagino un mundo en donde mis hijos puedan ser libres, útiles y habiten los vínculos con placer y nutrición colectiva.